Coincido con el autor, la izquierda trata de evitar se de un amplio conocimiiento sobre el multiculturalismo

 

Opinión y análisis 2011 – Los peligros del multiculturalismo.

Los peligros del multiculturalismo

Liko Pérez

Sábado, 9 de abril de 2011

Hace algunos días, el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, se definió como adverso al multiculturalismo. Pero la mayoría de la gente, creo, no sabe a lo que se refería y lo confunde con una actitud de aversión hacia culturas diferentes

   Foto: Google

Entonces, es necesario tratar de ventilar lo que es una propuesta multicultural.

De Wikipedia:

La multiculturalidad es un término que está sujeto a diversas interpretaciones. Puede simplemente designar la coexistencia y cohesión social de diferentes culturas en el seno de un mismo conjunto (un país, por ejemplo). Puede, asimismo, designar diferentes políticas voluntaristas:

  • Antidiscriminatorias, que tienden a asegurar un estatuto social igual a los miembros de diversas culturas.
  • Identitarias, que tienden a favorecer la expresión de las particularidades de diversas culturas.
  • Comunitarias, que permiten la existencia de estatutos (legales, administrativos) específicos para los miembros de tal o cual comunidad cultural.

Con el adjetivo multicultural se suele aludir a la variedad que presentan las culturas en la sociedad humana para resolver las mismas necesidades individuales cuando todas ellas deberían poseer igualdad de posibilidades para desarrollarse social, económica y políticamente con armonía según sus tradiciones étnicas, religiosas e ideológicas. Un estado debería ser, pues, una comunidad multicultural.”

Luego de más de 22 años trabajando como funcionario público en la comuna de Estocolmo, específicamente con el cargo de Jefe de viviendas para refugiados (o extranjeros recién llegados a Suecia), me permito reflexionar sobre este tema que está íntimamente ligado, hoy más que nunca, a la problemática de integración social que conmueve a gran cantidad de naciones en el mundo.

La propuesta multicultural, al margen de las generalmente aceptadas medidas antidiscriminatorias que se aplican en numerosas naciones, significa que un estado verdaderamente multicultural tendría también que elaborar distintas leyes “comunitarias” dedicadas exclusivamente a la cultura a la cual se refiera. Y que esas diferencias legales no rijan para todo el conjunto social del estado soberano sino que sólo afecten a los identificados con tal o cual tendencia cultural.

En pocas palabras: ¿varios estados en un estado…?

Y todo esto, en aras de salvaguardar (aceptar) las estructuras y valores culturales que rigen en otras culturas recientemente llegadas, relegadas o ajenas a la que conforma la generalidad y en detrimento del orden democrático local: algo así como si los indios Yanomami de Amazonas disfrutaran, “voluntariosamente”, de una propia administración de justicia al margen de la del país donde viven (Colombia, Brasil o Venezuela?).

En la mayoría de las sociedades tradicionales, siempre existe una cultura mayoritaria y varias minoritarias. La aceptación del multiculturalismo implica que diferentes concepciones jurídicas, nacidas de heterogéneos conceptos culturales, pudieran implementarse en detrimento de las normas generales establecidas por una mayoría social bien arraigada e identificada con su cercano entorno, desconociendo así (para beneplácito de esas minorías) la cultura primordial o mayoritariamente establecida.

El multiculturalismo atenta contra el orden democrático en la medida en que divide a los ciudadanos de una sociedad aparentemente monolítica en diferentes parcelas jurídicas: ya que no se ventilarán, en concordancia con la gran mayoría, leyes universales sino también disconformes leyes que han de implementarse según la cultura que queremos proteger o ¿asimilar?

Entiéndase entonces, que reaccionar contra el multiculturalismo no tiene nada que ver con la aceptación o no aceptación de diferentes culturas, sino más bien  contra la posible irrupción de ciertos ajenos aspectos culturales en la jurisprudencia de la mayoría cultural que conforma una sociedad mayoritaria.

Indiscutiblemente, existen sociedades donde las mayorías son inexistentes.

En esos casos, es difícil establecer una identidad cultural única, o dominante. Y más bien, lamentablemente, es fácil la aparición de conflictos difíciles de solucionar como en Darfur (Sudán), Irak o Sri Lanka, etc.

En el caso de Francia, Alemania, España, Inglaterra o Italia, sólo por mencionar algunos casos donde las influencias culturales foráneas son considerables, pero no definitorias (y al margen de las diferencias que existen con las arraigadas subculturas internas), el multiculturalismo florece no sólo por la presión social que dichas minorías ejercen sino también por estar alentado por una izquierda interna estancada en gastadas retóricas políticas pertenecientes a la época de la revolución industrial.

El truco soterrado de la izquierda internacional (que no ventila abiertamente lo que es la propuesta multicultural), es que cuenta con que la generalidad de los ciudadanos confunden la propuesta multicultural con el rechazo a la convivencia de diferentes culturas en un mismo entorno, considerando su rechazo como una aversión a la diversidad.

La propuesta multicultural, con sus supuestas buenas intenciones, ha demostrado no resolver los ancestrales conflictos multiculturales que flagelan a la humanidad, sino más bien, en el peor de los casos, ha logrado desempolvar peligrosas pugnas atávicas que despertando pueden perturbar el apacible discurrir de sociedades funcionalmente bien establecidas.

El concepto burguesía (clave de esta disyuntiva), depende de la movilidad social vivida en los países desarrollados y ha hecho que los obreros de esos países desarrollados, sin darse cuenta, se volviesen burgueses. Este nuevo matiz de universalidad del concepto de burguesía (no desligado de la gastada lucha de clases) es, desde hace ya algún tiempo, un concepto inentendible para una gran mayoría de inmigrantes llegados a los países desarrollados desde regiones no desarrolladas del planeta, y que, de una u otra manera, han logrado establecerse en una sociedad avanzada sin entender la apremiante necesidad de transformarse y estar abiertos a iniciar su movilidad social.

Sólo las subculturas estancadas en el primitivismo social logran hacer suya la propuesta multicultural, y viven de los atavismos que les garantizan cierta estabilidad de identidad. Pero esto, más bien, como escape de la propia frustración ante un ni siquiera emprendido viaje social y no como proposición de bien pensada lucha política. En Suecia, como ejemplo, tal concepto  (el de burguesía) está relegado a su mínima expresión, simplemente porque hasta los recogedores de basura son burguesía, sean estos cristianos o musulmanes.

No es en la propuesta del multiculturalismo donde debemos centrar nuestros esfuerzos (creando “políticas voluntaristas” que desestabilicen la jurisprudencia establecida), sino más bien en un desnudo código social universal desprovisto de todo resquicio de distintivos que busque las esencialidades de un múltiple colectivo que trascienda particularidades y que acepte reglas comunes a obedecer. En pocas palabras, un pragmatismo esencial.

¿Difícil de lograr…? cierto. Sin embargo, vale la pena comenzar a reflexionar, sin dejar de contemplar los beneficios de la diversidad que provee la ineludible espiral de la globalización y examinar cuáles posibilidades de integración existen desde este estricto orden democrático (donde la ley es igual para todos) que no queremos desmantelar.

Aparentemente, Sarkozy, el presidente de Francia, no está dispuesto a permitir diferencias legales a causa de la cultura, la etnia, o hasta de la religión de cada individuo en su propio país, sin que esto tenga algo que ver con algún sentimiento de aversión a la diversidad.

 

liko.perez@gmail.com

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