Las lecciones del profesor…. Por Roberto Enriquez

Te me hiciste viejo sin darme cuenta o quizá sin querer darme cuenta. Siempre te sentí tan fuerte, autosuficiente e invulnerable que nunca imaginé que el pedazo de alma que se me iba a romper era el tuyo. Contigo me tomó por asalto la sorpresa para arrancarme de las entrañas una lágrima interminable. Solo me queda la fe de saber que algún día nos volveremos a encontrar y el orgullo de saber que fuiste el mejor padre que pude tener.

No nos dejas ningún bien material que repartir, pero mis hermanos y yo nos sentimos herederos de una inmensa fortuna. Una fortuna tan grande que tengo la imperiosa necesidad de compartir con mis respetados lectores. Para ti la libertad era la madre de todos los derechos del hombre. Cualquier forma de autoritarismo te irritaba sobremanera. Y así nos enseñaste que no puede haber justicia, dignidad, prosperidad y felicidad si primero no somos libres.

 Nos enseñaste que no es bueno hablar mal de los demás a sus espaldas. Cada vez que en algún cotilleo familiar surgía la vorágine del chisme o la descalificación; preferías guardar un severo silencio desaprobador, haciéndonos sentir el peso de tu enorme fuerza moral. Así eras tú, eras un genio que sabía hablar con el silencio.

Otra de tus lecciones fue el respeto a la mujer. Recuerdo que la única vez que me pegaste en toda la vida, fue cuando en alguna pelea infantil le alcé la mano a mi hermana. Para ti toda mujer debía ser tratada con el mismo amor y celo con que tratabas a tu madre, esposa e hijas. Fuiste un devoto de la mujer, en la más pura y noble acepción del término.

La lección de la responsabilidad esta gravitándome. Fuiste un profesional, profesor, padre, esposo, hermano e hijo responsable. Con un rigor casi obsesivo por la puntualidad y el valor de la palabra empeñada. Meticuloso en extremo; las cosas se deben hacer bien y para hacerlas bien es necesario prepararse. Nunca asumiste compromisos que no fueras capaz de cumplir. Ahora que lo pienso; creo que solo te faltó la armadura para ser una especie de caballero medieval.

Tu periplo de vida es admirable. Tu gran ambición era el conocimiento. Nunca tuviste afanes de figuración. Tu timidez te alejaba de lo público. Estoy seguro que debes estar refunfuñando al verme dedicarte este artículo, ¿pero cómo le hago? Si te amo tanto.

Y es que es precisamente esa, otra de las lecciones que nos dejas, la ambición de aprender. Para ti el mundo estaba en un libro. El mayor capital que podía tener alguien era lo que sabía y no lo que tenía. No recuerdo verte deslumbrado por el caudal económico ni las candilejas del poder; pero sí rendirle culto al conocimiento. Recuerdo que siendo un niño te dio porque yo tenía que ser un campeón de natación y en lugar de enviarme a una escuela de natación no se te ocurrió otra cosa que regalarme un libro que si mal no recuerdo se llamaba “como aprender a nadar en 12 pasos”; llegabas a la casa y me preguntabas por mis avances, poniéndome a nadar sobre una silla de la sala. Esa anécdota se convirtió en un chiste familiar que te retrataba a carta cabal.

La lectura y el estudio fueron para ti  grandes fuerzas movilizadoras. Si una imagen puedo tener de ti, es verte leyendo y estudiando. Podías terminar una carrera o un grado y te sumergías en un nuevo desafío académico. Para ti aprender y enseñar eran una necesidad vital. No tengo duda de que entre las muchísimas cosas que me enseñaste, enseñarme a leer es una de las más valiosas. Definitivamente mientras más lee, el hombre es más libre; nunca te vi alardeando de tus conocimientos, creo que tu necesidad de saber era parte de tu lucha por sentirte cada día más libre.

La lección de la tolerancia solo la rompías con los intolerantes y abusivos. La lección de la familia la ejercías todos los días, no había para ti nada más importante que la familia. Las poquísimas veces que se te escuchó ufanándote de algo, fue del orgullo que sentías por tus hijos y nietos. Creo que sentías que tu gran obra de vida fue ofrecerle a la sociedad buenas mujeres y hombres. Ciudadanos de bien.

Tu desapego por el dinero es otra lección de vida. Para ti el dinero que tiene valor es el que realmente se necesita. No recuerdo haberte visto hacer nada por dinero; para ti lo importante eran tus clases. Aprender y enseñar. Querías terminar tu vida enseñando, y así fue.

La humildad es otra lección de vida que nos dejas. Solo es grande el que es humilde; y por eso tú fuiste tan grande. Tu mundo interior era de una riqueza infinita; hombre de pocas palabras y mucho pensamiento.

Hubo cosas que por creer obvias, dejé de decirte. Como contarte como desde niño siempre me emocionaba cuando te veía venir. Y durante estos últimos años, ya de adulto, como me emocionaba cuando venias de visita al país. Ahora me queda emocionarme con tu recuerdo, me queda borrar el llanto triste que me está inundando por tu absurda partida, para irle dando paso a una alegre sonrisa; que nunca será como la tuya: siempre tímida; la sonrisa más hermosa del mundo.

@robertoenriq
             

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