Por qué el nazismo era socialismo y por qué el socialismo es totalitario « Mises Hispano.

Por qué el nazismo era socialismo y por qué el socialismo es totalitario

27 Marzo, 2012

Mi propósito hoy son dos cosas principales: (1) Demostrar por qué la Alemania nazi era un estado socialista y no capitalista. Y (2) demostrar por qué el socialismo, entendido como un sistema económico basado en la propiedad pública de los medios de producción, requiere inevitablemente una dictadura totalitaria.

La identificación de la Alemania nazi como estado socialista fue una de las muchas grandes contribuciones de Ludwig von Mises.

Cuando uno recuerda que la palabra “nazi” era una abreviatura para “der Nationalsozialistische Deutsche Arbeiters Partei” (en traducción española Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes), la identificación de Mises no podría parecer tan notable. Pues ¿qué debería uno esperar como sistema económico de un país gobernado por un partido con “socialista” en su nombre salvo socialismo?

Sin embargo, aparte de Mises y sus lectores, prácticamente nadie piensa en la Alemania nazi como un estado socialista. Es mucho más común creer que representaba una forma de capitalismo, que es lo que han afirmado los comunistas y otros marxistas.

La base de la afirmación de que la Alemania nazi era capitalista era el hecho de que la mayoría de las industrias en la Alemania nazi aparentemente quedaban en manos privadas.

Lo que identificó Mises fue que la propiedad privada de los medios de producción existía solo nominalmente bajo los nazis y que la sustancia real de la propiedad de los medios de producción residía en el gobierno alemán. Pues era el gobierno alemán, y no los propietarios privados nominales, el que ejercía todos los poderes sustantivos de propiedad: él, no los propietarios privados, decidía que se iba a producir, en qué cantidad, por qué métodos y a quién se iba a distribuir, así como los precios que se cobrarían y los salarios que se pagarían y qué dividendos u otras rentas se permitiría percibir a los propietarios privados nominales. La posición de los supuestos propietarios privados, como demostró Mises. se reducía esencialmente a la de pensionistas del gobierno.

La propiedad de hecho del gobierno de los medios de producción, como la llamaba Mises, estaba implícita lógicamente en principios colectivistas fundamentales adoptados por los nazis como que el bien común  está por encima del bien privado y que el individuo existe como medio para los fines del Estado. Si el individuo existe como medio para los fines del Estado, por supuesto, lo mismo pasa con la propiedad. Igual que lo posee el Estado, su propiedad también la posee el Estado.

Pero los que estableció concretamente el socialismo  de hecho en la Alemania nazi fue la introducción de los controles de precios y salarios en 1936. Se impusieron como respuesta a la inflación de la oferta monetaria llevada a cabo por el régimen desde el momento de su llegada al poder a principios de 1933. El régimen nazi infló la oferta monetaria como medio de financiar el enorme aumento en el gasto público que requerían sus programas de obras públicas, subvenciones y rearme. Los controles de precios y salarios se impusieron en respuesta al aumento de los precios que empezó a producir la inflación.

El efecto combinado de la inflación y los controles de precios y salarios es la escasez, es decir, una situación, en la que las cantidades de los bines que intenta comprar la gente exceden de las cantidades disponibles para comprar.

A su vez, las escaseces se convierten en caos económico. No es solo que los consumidores que aparecen en las tiendas antes están en disposición de comprar todas las existencias y dejar sin nada a los clientes que lleguen más tarde (una situación a la que los gobiernos normalmente responden con racionamiento). Las escaseces generan caos en todo el sistema económico. Introducen arbitrariedad en la distribución de suministros entre áreas geográficas, en la asignación de un factor de producción entre sus diferentes productos, en la asignación de trabajo y capital entre las distintas ramas del sistema económico.

A la vista de la combinación de controles de precios y escasez, el efecto de una disminución en la oferta de una cosa no es, como pasaría en un mercado libre, aumentar su precio e incrementar su rentabilidad, operando así para detener la disminución de la oferta o invertirla si ha ido demasiado lejos. Los controles de precios impiden el aumento en la oferta al reducir el precio y la rentabilidad. Cuando hay una escasez, el efecto de un aumento en la oferta es simplemente una reducción en la severidad de la escasez. Solo cuando se elimina totalmente la escasez, un aumento en la oferta necesita una disminución en el precio y genera una disminución en la rentabilidad.

Como consecuencia, la combinación de controles de precios y escasez hace posible movimientos aleatorios de la oferta sin ningún efecto en los precios y la rentabilidad. En esta situación, la producción de los bienes más triviales y poco importantes, incluso las mascotas de piedra, puede expandirse a costa de la producción de los bines más urgentemente necesitados e importantes, como medicinas que salven vidas, sin efecto en el precio o la rentabilidad e cada bien. Los controles de precios impedirían que la producción de medicinas se hiciera más rentable al disminuir su oferta, mientras que una escasez incluso de mascotas de piedra impediría que su producción se hiciera menos rentable al aumentar su oferta.

Como demostró Mises, para ocuparse de los efectos no pretendidos de sus controles de precios, el gobierno debe o bien abolir los controles de precios o añadir más medidas, como precisamente el control sobre lo que se está produciendo, en qué cantidad, por qué métodos y a quién se distribuye, a lo que me referí antes. la combinación de controles de precios con su mayor serie de controles constituye la socialización de hecho del sistema económico. Pues significa que el gobierno ejercita entonces todos los poderes sustantivos de propiedad.

Éste fue el socialismo instituido por los nazis. Y Mises lo llama el socialismo de patrón alemán o nazi, frente al socialismo más evidente de los soviético, al que llama socialismo de patrón ruso o bolchevique.

Por supuesto, el socialismo no acaba con el caos causado por la destrucción del sistema de precios. Y si se introduce sin la existencia previa de controles de precios, su efecto es iniciar el propio caos. Porque el socialismo no es realmente un sistema económico positivo. Es meramente la negación del capitalismo y su sistema de precios. Como tal, la naturaleza esencial del socialismo es una y la misma que el caos económico que resulta de la destrucción del sistema de precios por controles de salarios y precios. (Quiero apuntar que la imposición del socialismo del estilo bolchevique de un sistema de cuotas de producción, que incentiva siempre exceder la cuotas, es una fórmula segura para una escasez universal, igualo que la que existe bajo todos los controles de precios y salarios).

Como mucho, el socialismo simplemente cambia la dirección del caos. El control público sobre la producción puede hacer posible una mayor producción de algunos bienes de especial importancia para él, pero lo hace solo a costa de crear el caos en el resto del sistema económico. Esto pasa porque el gobierno no tiene forma de conocer los efectos en el resto del sistema económico de su aseguramiento de la producción de bienes a los que atribuye una importancia especial.

Los requisitos de aplicar un sistema de control de precios y salarios dan mucha luz sobre la naturaleza totalitaria del socialismo (por supuesto, más evidentemente en la variante alemana o nazi, pero también en la del socialismo al estilo soviético).

Podemos empezar por el hecho de que el interés propio de los vendedores que operan bajo controles de precios es evadir los controles de precios  y aumentar sus precios. Los compradores, incapaces de otra forma de obtener bienes, están dispuestos a pagar estos precios más altos como medio de de conseguir los bienes que quieren. En estas circunstancias, ¿qué va a impedir que aumenten los precios y se desarrolle un mercado negro masivo?

La respuesta es una combinación  de sanciones severas combinadas con una gran probabilidad de ser atrapado y luego sufrir realmente esas sanciones. Unas simples multas no es probable que supongan una gran disuasión. Se considerarían solo como un gasto de negocio adicional. Si el gobierno es serio respecto de los controles de precios, es necesario que imponga sanciones comparables a las de un delito grave.

Pero la mera existencia de dichas sanciones no basta. El gobierno tiene hacer realmente peligroso realizar transacciones en el mercado negro. Tiene que hacer que la gente tema realizar tales transacciones que pudieran ser descubiertas de algún modo por la policía y acaben realmente en prisión. Para crear ese miedo, el gobierno debe desarrollar un ejército de espías e informadores secretos. Por ejemplo, el gobierno debe hacer temer al vendedor y a los clientes que si realizan una transacción de mercado negro, algún otro cliente en la tienda pueda denunciarles.

A causa de la privacidad y secreto con que deben realizarse muchas transacciones del mercado negro, el gobierno debe asimismo hacer que todo el que vea una operación del mercado negro temeroso de que la otra parte resulte ser un agente policial tratando de encarcelarle. En gobierno debe hacer que la gente tema incluso a sus socios más veteranos, incluso a sus amigos y parientes, no sea que resulten ser informadores.

Y finalmente, para obtener condenas, el gobierno debe poner la decisión acerca de la inocencia o culpabilidad en el caso de las transacciones de mercado negro en manos de un tribunal administrativo o sus agentes de policía en el momento. No puede confiar en juicios con tribunales, porque es improbable que puedan encontrarse muchos jurados dispuestos a dar veredictos de culpabilidad en casos en el un hombre tenga que ir a la cárcel por muchos años por el delito de vender unas pocas libras de carne o un par de zapatos por el encima del precio máximo.

Por tanto, en resumen, los requisitos simplemente para aplicar las regulaciones de control de precios son la adopción de las características esenciales de un estado totalitario, es decir, el establecimiento de la categoría de “delitos económicos”, en la que la búsqueda pacífica del interés propio se considera un delito criminal, y el establecimiento de un aparato policial totalitario lleno de espías e informadores y el poder de un arresto y prisión arbitrarios.

Está claro que la aplicación de controles de precios requiere un gobierno similar al de la Alemania de Hitler o la Rusia de Stalin, en los que prácticamente cualquiera podía resultar ser un espía policial y en los que existe una policía secreta que tiene el poder de arrestar y encarcelar a la gente. Si el gobierno no está dispuesto a llegar tan lejos, entonces, hasta ese punto, sus controles de precios resultarán inaplicables y sencillamente no funcionarán. Entonces el mercado negro asume proporciones enormes. (Por cierto, que nada de esto sugiere que los controles de precios fueran la causa del reino de terror institutito por los nazis. Los nazis empezaron su reino de terror mucho antes de la aprobación de los controles de precios. Por consiguiente, aprobaron controles de precios en un entorno listo para su aplicación por la fuerza).

La actividad del mercado negro conlleva la comisión de más delitos. Bajo el socialismo de hecho, la producción y venta de bienes en el mercado negro conlleva el desafío de las regulaciones públicas respecto de la producción y distribución, así como el desafío a sus controles de precios. Por ejemplo, los propios bienes que se venden en el mercado negro pretendía el gobierno que se distribuyeran de acuerdo con su plan y no en el mercado negro. Los factores de producción utilizados para producir esos bienes igualmente pretendía el gobierno que se utilizaran de acuerdo con su plan y no para el fin de aprovisionar el mercado negro.

Bajo un sistema de socialismo de derecho, como el que existía en la Rusia soviética, en el que el código legal del país hace abierta y explícitamente al gobierno del país el propietario de todos los medios de producción, toda actividad de mercado negro conlleva necesariamente el uso indebido o el robo de la propiedad del estado. Por ejemplo, se consideraba que los trabajadores o directores de fábricas de la Rusia soviética que se llevaban productos que vendían en el mercado negro estaban robando las materias primas proporcionadas por el estado.

Además, en cualquier tipo de estado socialista, nazi o comunista, el plan económico del gobierno es parte de la ley suprema del territorio. Todos tenemos una buena idea de lo caótico que es el llamado proceso planificador del socialismo. Su mayor distorsión por trabajadores y directores drenando materiales y suministros para producir para le mercado negro, es algo a lo que un estado socialista está lógicamente autorizado a considerar como un acto de sabotaje de su plan económico nacional. Y como sabotaje es como lo considera cualquier código legal de un estado socialista. Coherentemente con este hecho, la actividad del mercado negro en un país socialista a menudo conlleva la pena capital.

Creo que un hecho fundamental que explica el reino absoluto de terror que se encuentra en el socialismo es el increíble dilema en el que se sitúa un estado socialista en relación con las masas de sus ciudadanos. Por un lado, asume una responsabilidad completa del bienestar económico individual. El socialismo al estilo ruso o bolchevique reconoce abiertamente esta responsabilidad: es la fuente principal de su atractivo popular. Por otro lado, de todas las formas que puedan imaginarse, un estado socialista resulta una chapuza increíble en esta tarea. Hace de la vida del individuo una pesadilla.

Todos los días de su vida, el ciudadano de un estado socialista debe gastar tiempo en colas de espera inacabables. Para él, los problemas que experimentaron los estadounidenses en relación con las escaseces de gasolina en la década de 1970 son normales, solo que no los experimenta en relación con la gasolina (pues no posee un coche y no tiene esperanza de tener nunca ninguno), sino en relación con las cosas sencillas de la vestimenta, de las verduras e incluso del pan. Aún peor es que se le obliga frecuentemente a trabajar en un empleo que no ha elegido y que por tanto debe indudablemente odiar. (Pues bajo la escasez, el gobierno decide la asignación del trabajo igual que hace con la asignación de los factores de producción). Y vive en una condición de increíble hacinamiento, que apenas deja posibilidades de privacidad. (A la vista de la escasez de vivienda, se asignan huéspedes a las casas; se obliga a las familias compartir pisos. Y se adopta un sistema de pasaportes y visados internos para limitar la severidad de la escasez de vivienda en las zonas más deseables del país). Por decirlo suavemente, una persona obligada a vivir en esas condiciones debe bullir de resentimiento y hostilidad.

Entonces, ¿contra quién sería más lógico que los ciudadanos de un estado socialista dirijan su resentimiento y hostilidad que contra el mismo estado socialista? El mismo estado socialista que ha proclamado su responsabilidad por su vida, le ha prometido una vida de felicidad y es de hecho responsable de una vida infernal. De hecho, los líderes de un estado socialista viven un dilema mayor, ya que cada día animan al pueblo a creer que el socialismo es un sistema perfecto, cuyos malos resultados solo pueden ser obra de gente malvada. Si eso fuera verdad, ¿quiénes podrían ser razonablemente esos hombres malvados, salvo los propios gobernantes, que no solo han hecho infernales sus vidas, sino que han pervertido un sistema supuestamente perfecto para hacerlo?

De esto se deduce que los gobernantes de un estado socialista deben vivir aterrorizando a la gente. Por la lógica de sus acciones y sus enseñanzas, el bullente resentimiento del pueblo puede hacerle levantarse y tragárselo en una orgía de sangrienta venganza. Los gobernantes sienten esto, incluso aunque no lo admitan abiertamente, y por tanto su mayor preocupación es siempre mantener a raya a la ciudadanía.

Consecuentemente, es verdad por muy inadecuado decir simplemente cosas como que al socialismo le falta la libertad de prensa y de expresión. Por supuesto, le faltan estas libertades. Si el gobierno posee todos los periódicos y editoriales, si decide para qué fines va a estar disponibles el papel, entonces evidentemente nada puede imprimirse que el gobierno no quiera que se imprima. Si posee todas las salas de reuniones, no puede realizarse ninguna conferencia o discurso público que el gobierno no quiera que se realice. Pero el socialismo va mucho más allá de la mera falta de libertad de prensa y expresión.

Un gobierno socialista aniquila totalmente estas libertades. Convierte a la prensa y a cualquier foro público en un vehículo de propaganda histérica en su favor y se dedica a la incansable persecución de todo el que se atreve a desviarse un centímetro de su línea oficial del partido.

La razón de estos hechos es el terror del pueblo de los gobernantes socialistas. Para protegerse, deben ordenar que el ministro de propaganda y la policía secreta trabajen constantemente. Uno, para desviar continuamente la atención del pueblo de la responsabilidad del socialismo, y de los gobernantes del socialismo, por la miseria del pueblo. La otra, para secuestrar y silenciar a cualquiera que pueda sugerir siquiera sea remotamente la responsabilidad del socialismo o de sus gobernantes (secuestrar a cualquiera que empiece a mostrar señales de pensar por sí mismo). Es a causa del terror de los gobernantes y su desesperada necesidad de encontrar cabezas de turco para los fracasos del socialismo, por lo que la prensa de un país socialista está siempre llena de historias acerca de conspiraciones y sabotajes extranjeros y acerca de la corrupción y mala dirección por parte de los oficiales subordinados y por lo que es necesario destapar periódicamente conspiraciones nacionales a gran escala y sacrificar a altos funcionarios y facciones completas en purgas gigantescas.

A causa de su terror y su desesperada necesidad de aplastar cualquier respiro incluso de una potencial oposición, los gobernantes del socialismo no se atreven a permitir ni siquiera actividades puramente culturales que no estén bajo el control del estado. Pues si la gente va a reunirse para un espectáculo artístico o un recital de poesía que no esté controlado por el estado, los gobernantes deben temer la diseminación de ideas peligrosas. Cualquier idea no autorizada es una idea peligrosa, porque puede llevar al pueblo a empezar a pensar por sí mismo y por tanto empezar a pensar acerca de la naturaleza del socialismo y sus gobernantes. Los gobernante debe temer la reunión espontánea de un puñado de personas en una sala y utilizar la policía secreta y su aparato de espías, informadores y terror o para detener esas reuniones o para asegurarse de que su contenido es completamente inocuo desde el punto de vista del estado.

El socialismo no puede prevalecer mucho tiempo excepto bajo el terror. Tan pronto como se relaja el terror, el resentimiento y la hostilidad empiezan lógicamente a brotar contra los gobernantes. Así que la situación esta lista para la revolución o la guerra civil. De hecho, en ausencia de terror o, más correctamente, de un suficiente grado de terror, el socialismo se caracterizaría por una serie inacabable de revoluciones y guerras civiles, ya que cada nuevo grupo de gobernantes resultarían tan incapaces de hacer que el socialismo funcionara con éxito como sus antecesores. La consecuencia inevitable a realizar es que el terror realmente experimentado en los países socialistas no era simplemente obra de hombres malvados, como Stalin, sino que deriva de la naturaleza del sistema socialista. Stalin podría pasar a primer plano porque su inusual voluntad y astucia en uso del terror eran las características concretas más necesarias para un gobernante socialista para mantenerse en el poder. Subió al poder por un proceso de selección natural socialista: la selección de los peores.

Tengo que advertir acerca de una posible mala comprensión respecto de mi tesis de que el socialismo es totalitario por su naturaleza. Esto afecta a los países supuestamente socialistas gobernados por socialdemócratas, como Suecia y los demás países escandinavos, que está claro que no son dictaduras totalitarias.

En esos casos, es necesario apreciar que al tiempo que estos países no son totalitarios, tampoco son socialistas. Sus partidos gobernantes pueden propugnar el socialismo como su filosofía o su objetivo último, pero no es el socialismo lo que han implantado en su sistema económico. Su sistema económico real es el de una economía intervenida de mercado, como la llamaba Mises. Aunque más intervenida que la nuestra en aspectos importantes, su sistema económico es esencialmente similar al nuestro, en que la fuerza motriz característica de la producción y la actividad económica no es el decreto del gobierno, sino la iniciativa de los propietarios privados motivada por la perspectiva de un beneficio privado.

La razón por la que los socialdemócratas no establecen el socialismo cuando llegan al poder es que no están dispuestos a hacer lo que hace falta. El establecimiento del socialismo como sistema económico requiere un acto masivo de robo (deben apropiarse los medios de producción de sus propietarios y entregarse al estado). Dicha apropiación es prácticamente seguro que provocaría una resistencia importante por parte de los propietarios, resistencia que solo puede superarse por el uso de fuerza masiva.

Los comunistas estaban y están dispuestos a aplicar dicha fuerza, como evidenciaba la Rusia soviética. Su carácter es el de los ladrones armados dispuestos a matar si es necesario para realizar el robo. Por el contrario, el carácter de los socialistas se parece más al de los rateros, que pueden hablar de dar un gran golpe algún día, pero en realidad no están dispuestos al homicidio necesario, así que renuncian ante la más mínima señal de resistencia seria.

Respecto de los nazis, generalmente no tenían que matar para incautarse de la propiedad de otros alemanes que no fueran judíos. Esto pasó porque, como hemos visto, establecieron el socialismo furtivamente, a través de controles de precios, que servían para mantener el disfraz externo y apariencia de propiedad privada. Los propietarios privados se veían así desprovistos de su propiedad sin saberlo y por tanto no sentían la necesidad de defenderla por la fuerza.

Creo haber demostrado que el socialismo (el socialismo real) es totalitario por su propia naturaleza.


En el momento actual en Estados Unidos no tenemos socialismo en ninguna forma. Y no tenemos una dictadura, no digamos una dictadura totalitaria.

Tampoco tenemos aún fascismo, aunque nos vayamos acercando a él. Entre los elementos esenciales que aún faltan están el gobierno del partido único y la censura. Seguimos teniendo libertad de expresión y prensa y elecciones libres, aunque ambas hayan sido socavadas y no puede garantizarse su pervivencia continua.

Lo que tenemos es una economía intervenida de mercado que está creciendo en su intervención  y que se caracteriza por una creciente pérdida de la libertad individual. El crecimiento de la intervención económica del gobierno es sinónimo de una pérdida de libertad individual porque significa iniciar cada vez más el uso de fuerza física para que la gente haga lo que no elige hacer voluntariamente o impedirle que haga lo que voluntariamente elige hacer.

Como el individuo es el mejor juez de sus propios intereses y al menos por lo general busca hacer lo que le interesa hacer y evitar lo que dañe sus intereses, de esto se deduce que cuando mayor sea el grado de intervención pública, mayor seré le grado en que se impide a los individuos hacer los que les beneficia y en su lugar se les obliga a hacer lo que les causa pérdidas.

Hoy en Estados Unidos, el gasto público federal, estatal y local suma casi la mitad de los ingresos monetarios de la porción de la ciudadanía que no trabaja para la administración. Quinces departamentos del gabinete federal y un número mucho mayor de agencias regulatorias federales, juntos, en la mayor parte con equivalente a nivel estatal y local, se entrometen regularmente en prácticamente todas las áreas de la vida del ciudadano individual. Se le grava, obliga y prohíbe de incontables maneras.

Los efectos de tal interferencia pública masiva son el desempleo, los precios al alza, la caída de los salarios reales, la necesidad de trabajar más y más duro y el crecimiento de la inseguridad económica. Otro efecto es el crecimiento de la ira y el resentimiento.

Aunque la política de intervencionismo del gobierno sea su objetivo lógico, la ira y el resentimiento que siente la gente normalmente se dirigen por el contrario contra los empresarios y los ricos. Es un error alimentado en su mayor parte por un establishment intelectual y medios de comunicación ignorantes y envidiosos.

Y de acuerdo con esta actitud, desde el colapso de la burbuja del mercado bursátil, que fue en realidad creado por la política de expansión del crédito de la Reserva Federal y luego pinchada por su abandono temporal de esa política, los fiscales públicos han adoptado lo que parece una política particularmente vengativa hacia ejecutivos culpables de falta de honradez financiera, como si sus acciones fueran responsables de las pérdidas extendidas que resultaron del colapso de la burbuja. Así, al antiguo jefe de una gran compañía de telecomunicaciones se le ha sentenciado recientemente a veinticinco años de prisión. Otros altos ejecutivos han sufrido sentencias similares.

Más inquietante es que el poder del gobierno para obtener simples acusaciones criminales se ha convertido en equivalente al poder de destruir una empresa, como ocurrió en el caso de Arthur Andersen, la principal empresa auditora. El uso amenazador de su poder fue entonces suficiente para obligar a las grandes empresas de correduría de seguros en Estados Unidos cambiaran sus directivas para satisfacer al Fiscal General del Estado de Nueva York. No hay forma de describir esas evoluciones que no sea que la condena y castigo sin juicio y la extorsión del gobierno. Son grandes pasos a lo largo de un camino muy peligroso.

Por suerte, sigue habiendo suficiente libertad en Estados Unidos como para reparar todo el daño que se ha hecho. En primer lugar está la libertad nombrarlo y denunciarlo.

Mas esencialmente, está la libertad de analizar y refutar la ideas que subyacen a las políticas destructivas que han sido adoptadas o pueden serlo. Y eso es lo que es crítico. Pues el factor fundamental que subyace en el intervencionismo y, por supuesto, también en el socialismo, ya sea nazi o comunista, no es sino las ideas erróneas, sobre todo, las ideas erróneas respecto de la economía y la filosofía.

Hay ahora un cuerpo extenso y creciente de literatura que presenta ideas sensatas en estos dos campos vitales. A mi juicio, los dos autores más importantes de esta literatura son Ludwig von Mises y Ayn Rand. Un conocimiento extenso de sus escritos es un requisito previo indispensable para tener éxito en la defensa de la libertad individual y el libre mercado.

Este instituto, el Instituto Ludwig von Mies, es el principal centro mundial para la divulgación de las ideas de Mises. Presente un flujo constante de análisis basados en sus ideas, análisis que aparecen en sus revistas académicas, sus libros y publicaciones y en sus artículos diarios de la web que se ocupan de los asuntos del momento. Enseña sus ideas y las ideas relacionadas de otros miembros de la Escuela Austriaca de economía a alumnos universitarios y a jóvenes profesores. Lo hace a través de Universidad de Verano de Mises, las Conferencias de Investigadores Austriacos y los distintos seminarios.

Dos formas muy importantes de luchar por la libertad son educarse hasta el punto de ser capaz de hablar tan elocuentemente en su defensa como lo hacen los investigadores asociados a este instituto o, si uno tiene el tiempo o la inclinación para hacerlo, apoyar financieramente al Instituto en su tarea vital en la medida en que se pueda.

Es posible invertir la corriente. No puede hacerlo una sola persona. Pero un número grande y creciente de gente, formada en la causa de la libertad económica y defendiendo y argumentando en su defensa siempre que sea posible, es capaz de formar gradualmente las actitudes de la cultura y por tanto de la naturaleza de su sistema político y económico.

Los que formáis esta audiencia ya estáis implicados en este gran trabajo. Espero que continuéis e intensifiquéis vuestro compromiso.

Publicado el 11 de noviembre de 2005. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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Why Nazism Was Socialism and Why Socialism Is Totalitarian

Mises Daily: Friday, November 11, 2005 by 

My purpose today is to make just two main points: (1) To show why Nazi Germany was a socialist state, not a capitalist one. And (2) to show why socialism, understood as an economic system based on government ownership of the means of production, positively requires a totalitarian dictatorship.

The identification of Nazi Germany as a socialist state was one of the many great contributions of Ludwig von Mises.

When one remembers that the word “Nazi” was an abbreviation for “der NationalsozialistischeDeutsche Arbeiters Partei — in English translation: the National Socialist German Workers’ Party — Mises’s identification might not appear all that noteworthy. For what should one expect the economic system of a country ruled by a party with “socialist” in its name to be but socialism?

Nevertheless, apart from Mises and his readers, practically no one thinks of Nazi Germany as a socialist state. It is far more common to believe that it represented a form of capitalism, which is what the Communists and all other Marxists have claimed.

The basis of the claim that Nazi Germany was capitalist was the fact that most industries in Nazi Germany appeared to be left in private hands.

What Mises identified was that private ownership of the means of production existed in name onlyunder the Nazis and that the actual substance of ownership of the means of production resided in the German government. For it was the German government and not the nominal private owners that exercised all of the substantive powers of ownership: it, not the nominal private owners, decided what was to be produced, in what quantity, by what methods, and to whom it was to be distributed, as well as what prices would be charged and what wages would be paid, and what dividends or other income the nominal private owners would be permitted to receive. The position of the alleged private owners, Mises showed, was reduced essentially to that of government pensioners.

De facto government ownership of the means of production, as Mises termed it, was logically implied by such fundamental collectivist principles embraced by the Nazis as that the common good comes before the private good and the individual exists as a means to the ends of the State. If the individual is a means to the ends of the State, so too, of course, is his property. Just as he is owned by the State, his property is also owned by the State.

But what specifically established de facto socialism in Nazi Germany was the introduction of price and wage controls in 1936. These were imposed in response to the inflation of the money supply carried out by the regime from the time of its coming to power in early 1933. The Nazi regime inflated the money supply as the means of financing the vast increase in government spending required by its programs of public works, subsidies, and rearmament. The price and wage controls were imposed in response to the rise in prices that began to result from the inflation.

The effect of the combination of inflation and price and wage controls is shortages, that is, a situation in which the quantities of goods people attempt to buy exceed the quantities available for sale.

Shortages, in turn, result in economic chaos. It’s not only that consumers who show up in stores early in the day are in a position to buy up all the stocks of goods and leave customers who arrive later, with nothing — a situation to which governments typically respond by imposing rationing.Shortages result in chaos throughout the economic system. They introduce randomness in the distribution of supplies between geographical areas, in the allocation of a factor of production among its different products, in the allocation of labor and capital among the different branches of the economic system.

In the face of the combination of price controls and shortages, the effect of a decrease in the supply of an item is not, as it would be in a free market, to raise its price and increase its profitability, thereby operating to stop the decrease in supply, or reverse it if it has gone too far. Price control prohibits the rise in price and thus the increase in profitability. At the same time, the shortages caused by price controls prevent increases in supply from reducing price and profitability. When there is a shortage, the effect of an increase in supply is merely a reduction in the severity of the shortage. Only when the shortage is totally eliminated does an increase in supply necessitate a decrease in price and bring about a decrease in profitability.

As a result, the combination of price controls and shortages makes possible random movements of supply without any effect on price and profitability. In this situation, the production of the most trivial and unimportant goods, even pet rocks, can be expanded at the expense of the production of the most urgently needed and important goods, such as life-saving medicines, with no effect on the price or profitability of either good. Price controls would prevent the production of the medicines from becoming more profitable as their supply decreased, while a shortage even of pet rocks prevented their production from becoming less profitable as their supply increased.

As Mises showed, to cope with such unintended effects of its price controls, the government must either abolish the price controls or add further measures, namely, precisely the control over what is produced, in what quantity, by what methods, and to whom it is distributed, which I referred to earlier. The combination of price controls with this further set of controls constitutes the de factosocialization of the economic system. For it means that the government then exercises all of the substantive powers of ownership.

This was the socialism instituted by the Nazis. And Mises calls it socialism on the German or Nazi pattern, in contrast to the more obvious socialism of the Soviets, which he calls socialism on the Russian or Bolshevik pattern.

Of course, socialism does not end the chaos caused by the destruction of the price system. It perpetuates it. And if it is introduced without the prior existence of price controls, its effect is to inaugurate that very chaos. This is because socialism is not actually a positive economic system. It is merely the negation of capitalism and its price system. As such, the essential nature of socialism is one and the same as the economic chaos resulting from the destruction of the price system by price and wage controls. (I want to point out that Bolshevik-style socialism’s imposition of a system of production quotas, with incentives everywhere to exceed the quotas, is a sure formula for universal shortages, just as exist under all around price and wage controls.)

At most, socialism merely changes the direction of the chaos. The government’s control over production may make possible a greater production of some goods of special importance to itself, but it does so only at the expense of wreaking havoc throughout the rest of the economic system. This is because the government has no way of knowing the effects on the rest of the economic system of its securing the production of the goods to which it attaches special importance.

The requirements of enforcing a system of price and wage controls shed major light on the totalitarian nature of socialism — most obviously, of course, on that of the German or Nazi variant of socialism, but also on that of Soviet-style socialism as well.

We can start with the fact that the financial self-interest of sellers operating under price controls is to evade the price controls and raise their prices. Buyers otherwise unable to obtain goods are willing, indeed, eager to pay these higher prices as the means of securing the goods they want. In these circumstances, what is to stop prices from rising and a massive black market from developing?

The answer is a combination of severe penalties combined with a great likelihood of being caught and then actually suffering those penalties. Mere fines are not likely to provide much of a deterrent. They will be regarded simply as an additional business expense. If the government is serious about its price controls, it is necessary for it to impose penalties comparable to those for a major felony.

But the mere existence of such penalties is not enough. The government has to make it actually dangerous to conduct black-market transactions. It has to make people fear that in conducting such a transaction they might somehow be discovered by the police, and actually end up in jail. In order to create such fear, the government must develop an army of spies and secret informers. For example, the government must make a storekeeper and his customer fearful that if they engage in a black-market transaction, some other customer in the store will report them.

Because of the privacy and secrecy in which many black-market transactions can be conducted, the government must also make anyone contemplating a black-market transaction fearful that the other party might turn out to be a police agent trying to entrap him. The government must make people fearful even of their long-time associates, even of their friends and relatives, lest even they turn out to be informers.

And, finally, in order to obtain convictions, the government must place the decision about innocence or guilt in the case of black-market transactions in the hands of an administrative tribunal or its police agents on the spot. It cannot rely on jury trials, because it is unlikely that many juries can be found willing to bring in guilty verdicts in cases in which a man might have to go to jail for several years for the crime of selling a few pounds of meat or a pair of shoes above the ceiling price.

In sum, therefore, the requirements merely of enforcing price-control regulations is the adoption of essential features of a totalitarian state, namely, the establishment of the category of “economic crimes,” in which the peaceful pursuit of material self-interest is treated as a criminal offense, and the establishment of a totalitarian police apparatus replete with spies and informers and the power of arbitrary arrest and imprisonment.

Clearly, the enforcement of price controls requires a government similar to that of Hitler’s Germany or Stalin’s Russia, in which practically anyone might turn out to be a police spy and in which a secret police exists and has the power to arrest and imprison people. If the government is unwilling to go to such lengths, then, to that extent, its price controls prove unenforceable and simply break down. The black market then assumes major proportions. (Incidentally, none of this is to suggest that price controls were the cause of the reign of terror instituted by the Nazis. The Nazis began their reign of terror well before the enactment of price controls. As a result, they enacted price controls in an environment ready made for their enforcement.)

Black market activity entails the commission of further crimes. Under de facto socialism, the production and sale of goods in the black market entails the defiance of the government’s regulations concerning production and distribution, as well as the defiance of its price controls. For example, the goods themselves that are sold in the black market are intended by the government to be distributed in accordance with its plan, and not in the black market. The factors of production used to produce those goods are likewise intended by the government to be used in accordance with its plan, and not for the purpose of supplying the black market.

Under a system of de jure socialism, such as existed in Soviet Russia, in which the legal code of the country openly and explicitly makes the government the owner of the means of production, all black-market activity necessarily entails the misappropriation or theft of state property. For example, the factory workers or managers in Soviet Russia who turned out products that they sold in the black market were considered as stealing the raw materials supplied by the state.

Furthermore, in any type of socialist state, Nazi or Communist, the government’s economic plan is part of the supreme law of the land. We all have a good idea of how chaotic the so-called planning process of socialism is. Its further disruption by workers and managers siphoning off materials and supplies to produce for the black market, is something which a socialist state is logically entitled to regard as an act of sabotage of its national economic plan. And sabotage is how the legal code of a socialist state does regard it. Consistent with this fact, black-market activity in a socialist country often carries the death penalty.

Now I think that a fundamental fact that explains the all-round reign of terror found under socialism is the incredible dilemma in which a socialist state places itself in relation to the masses of its citizens. On the one hand, it assumes full responsibility for the individual’s economic well-being. Russian or Bolshevik-style socialism openly avows this responsibility — this is the main source of its popular appeal. On the other hand, in all of the ways one can imagine, a socialist state makes an unbelievable botch of the job. It makes the individual’s life a nightmare.

Every day of his life, the citizen of a socialist state must spend time in endless waiting lines. For him, the problems Americans experienced in the gasoline shortages of the 1970s are normal; only he does not experience them in relation to gasoline — for he does not own a car and has no hope of ever owning one — but in relation to simple items of clothing, to vegetables, even to bread. Even worse he is frequently forced to work at a job that is not of his choice and which he therefore must certainly hate. (For under shortages, the government comes to decide the allocation of labor just as it does the allocation of the material factors of production.) And he lives in a condition of unbelievable overcrowding, with hardly ever a chance for privacy. (In the face of housing shortages, boarders are assigned to homes; families are compelled to share apartments. And a system of internal passports and visas is adopted to limit the severity of housing shortages in the more desirable areas of the country.) To put it mildly, a person forced to live in such conditions must seethe with resentment and hostility.

Now against whom would it be more logical for the citizens of a socialist state to direct their resentment and hostility than against that very socialist state itself? The same socialist state which has proclaimed its responsibility for their life, has promised them a life of bliss, and which in fact is responsible for giving them a life of hell. Indeed, the leaders of a socialist state live in a further dilemma, in that they daily encourage the people to believe that socialism is a perfect system whose bad results can only be the work of evil men. If that were true, who in reason could those evil men be but the rulers themselves, who have not only made life a hell, but have perverted an allegedly perfect system to do it?

It follows that the rulers of a socialist state must live in terror of the people. By the logic of their actions and their teachings, the boiling, seething resentment of the people should well up and swallow them in an orgy of bloody vengeance. The rulers sense this, even if they do not admit it openly; and thus their major concern is always to keep the lid on the citizenry.

Consequently, it is true but very inadequate merely to say such things as that socialism lacks freedom of the press and freedom of speech. Of course, it lacks these freedoms. If the government owns all the newspapers and publishing houses, if it decides for what purposes newsprint and paper are to be made available, then obviously nothing can be printed which the government does not want printed. If it owns all the meeting halls, no public speech or lecture can be delivered which the government does not want delivered. But socialism goes far beyond the mere lack of freedom of press and speech.

A socialist government totally annihilates these freedoms. It turns the press and every public forum into a vehicle of hysterical propaganda in its own behalf, and it engages in the relentless persecution of everyone who dares to deviate by so much as an inch from its official party line.

The reason for these facts is the socialist rulers’ terror of the people. To protect themselves, they must order the propaganda ministry and the secret police to work ‘round the clock. The one, to constantly divert the people’s attention from the responsibility of socialism, and of the rulers of socialism, for the people’s misery. The other, to spirit away and silence anyone who might even remotely suggest the responsibility of socialism or its rulers — to spirit away anyone who begins to show signs of thinking for himself. It is because of the rulers’ terror, and their desperate need to find scapegoats for the failures of socialism, that the press of a socialist country is always full of stories about foreign plots and sabotage, and about corruption and mismanagement on the part of subordinate officials, and why, periodically, it is necessary to unmask large-scale domestic plots and to sacrifice major officials and entire factions in giant purges.

It is because of their terror, and their desperate need to crush every breath even of potential opposition, that the rulers of socialism do not dare to allow even purely cultural activities that are not under the control of the state. For if people so much as assemble for an art show or poetry reading that is not controlled by the state, the rulers must fear the dissemination of dangerous ideas. Any unauthorized ideas are dangerous ideas, because they can lead people to begin thinking for themselves and thus to begin thinking about the nature of socialism and its rulers. The rulers must fear the spontaneous assembly of a handful of people in a room, and use the secret police and its apparatus of spies, informers, and terror either to stop such meetings or to make sure that their content is entirely innocuous from the point of view of the state.

Socialism cannot be ruled for very long except by terror. As soon as the terror is relaxed, resentment and hostility logically begin to well up against the rulers. The stage is thus set for a revolution or civil war. In fact, in the absence of terror, or, more correctly, a sufficient degree of terror, socialism would be characterized by an endless series of revolutions and civil wars, as each new group of rulers proved as incapable of making socialism function successfully as its predecessors before it. The inescapable inference to be drawn is that the terror actually experienced in the socialist countries was not simply the work of evil men, such as Stalin, but springs from the nature of the socialist system. Stalin could come to the fore because his unusual willingness and cunning in the use of terror were the specific characteristics most required by a ruler of socialism in order to remain in power. He rose to the top by a process of socialist natural selection: the selection of the worst.

I need to anticipate a possible misunderstanding concerning my thesis that socialism is totalitarian by its nature. This concerns the allegedly socialist countries run by Social Democrats, such as Sweden and the other Scandinavian countries, which are clearly not totalitarian dictatorships.

In such cases, it is necessary to realize that along with these countries not being totalitarian, they are also not socialist. Their governing parties may espouse socialism as their philosophy and their ultimate goal, but socialism is not what they have implemented as their economic system. Their actual economic system is that of a hampered market economy, as Mises termed it. While more hampered than our own in important respects, their economic system is essentially similar to our own, in that the characteristic driving force of production and economic activity is not government decree but the initiative of private owners motivated by the prospect of private profit.

The reason that Social Democrats do not establish socialism when they come to power, is that they are unwilling to do what would be required. The establishment of socialism as an economic system requires a massive act of theft — the means of production must be seized from their owners and turned over to the state. Such seizure is virtually certain to provoke substantial resistance on the part of the owners, resistance which can be overcome only by use of massive force.

The Communists were and are willing to apply such force, as evidenced in Soviet Russia. Their character is that of armed robbers prepared to commit murder if that is what is necessary to carry out their robbery. The character of the Social Democrats in contrast is more like that of pickpockets, who may talk of pulling the big job someday, but who in fact are unwilling to do the killing that would be required, and so give up at the slightest sign of serious resistance.

As for the Nazis, they generally did not have to kill in order to seize the property of Germans other than Jews. This was because, as we have seen, they established socialism by stealth, through price controls, which served to maintain the outward guise and appearance of private ownership. The private owners were thus deprived of their property without knowing it and thus felt no need to defend it by force.

I think I have shown that socialism — actual socialism — is totalitarian by its very nature.

 


In the United States at the present time, we do not have socialism in any form. And we do not have a dictatorship, let alone a totalitarian dictatorship.

We also do not yet have Fascism, though we are moving towards it. Among the essential elements that are still lacking are one-party rule and censorship. We still have freedom of speech and press and free elections, though both have been undermined and their continued existence cannot be guaranteed.

What we have is a hampered market economy that is growing ever more hampered by ever more government intervention, and that is characterized by a growing loss of individual freedom. The growth of the government’s economic intervention is synonymous with a loss of individual freedom because it means increasingly initiating the use of physical force to make people do what they do not voluntarily choose to do or prevent them from doing what they do voluntarily choose to do.

Since the individual is the best judge of his own interests, and at least as a rule seeks to do what it is in his interest to do and to avoid doing what harms his interest, it follows that the greater the extent of government intervention, the greater the extent to which individuals are prevented from doing what benefits them and are instead compelled to do what causes them loss.

Today, in the United States, government spending, federal, state, and local, amounts to almost half of the monetary incomes of the portion of the citizenry that does not work for the government. Fifteen federal cabinet departments, and a much larger number of federal regulatory agencies, together, in most instances with counterparts at the state and local level, routinely intrude into virtually every area of the individual citizen’s life. In countless ways he is taxed, compelled, and prohibited.

The effect of such massive government interference is unemployment, rising prices, falling real wages, a need to work longer and harder, and growing economic insecurity. The further effect is growing anger and resentment.

Though the government’s policy of interventionism is their logical target, the anger and resentment people feel are typically directed at businessmen and the rich instead. This is a mistake which is fueled for the most part by an ignorant and envious intellectual establishment and media.

And in conformity with this attitude, since the collapse of the stock market bubble, which was in fact created by the Federal Reserve’s policy of credit expansion and then pricked by its temporary abandonment of that policy, government prosecutors have adopted what appears to be a particularly vengeful policy toward executives guilty of financial dishonesty, as though their actions were responsible for the widespread losses resulting from the collapse of the bubble. Thus the former head of a major telecommunications company was recently given a twenty-five year prison sentence. Other top executives have suffered similarly.

Even more ominously, the government’s power to obtain mere criminal indictments has become equivalent to the power to destroy a firm, as occurred in the case of Arthur Andersen, the major accounting firm. The threatened use of this power was then sufficient to force major insurance brokerage firms in the United States to change their managements to the satisfaction of New York State’s Attorney General. There is no way to describe such developments other than as conviction and punishment without trial and as extortion by the government. These are major steps along a very dangerous path.

Fortunately, there is still sufficient freedom in the United States to undo all the damage that has been done. There is first of all the freedom to publicly name it and denounce it.

More fundamentally, there is the freedom to analyze and refute the ideas that underlie the destructive policies that have been adopted or that may be adopted. And that is what is critical. For the fundamental factor underlying interventionism and, of course, socialism as well, whether Nazi or Communist, is nothing but wrong ideas, above all, wrong ideas about economics and philosophy.

There is now an extensive and growing body of literature that presents sound ideas in these two vital fields. In my judgment, the two most important authors of this literature are Ludwig von Mises and Ayn Rand. An extensive knowledge of their writings is an indispensable prerequisite for success in the defense of individual freedom and the free market.

 

  Why the Nazis hated Mises: $11

This institute, The Ludwig von Mises Institute, is the world’s leading center for the dissemination of Mises’s ideas. It presents a constant flow of analyses based on his ideas, analyses that appear in its academic journals, its books and periodicals, and in its daily website news articles that deal with the issues of the moment. It educates college and university students, and young instructors, in his ideas and the related ideas of other members of the Austrian school of economics. It does this through the Mises Summer University, the Austrian Scholars Conferences, and a variety of seminars.

Two very major ways of fighting for freedom are to educate oneself to the point of being able to speak and write as articulately in its defense as do the scholars associated with this institute or, if one does not have the time or inclination to pursue such activity, then to financially support the Institute in its vital work to whatever extent one can.

It is possible to turn the tide. No single person can do it. But a large and growing number of intelligent people, educated in the cause of economic freedom, and speaking up and arguing in its defense whenever possible, is capable of gradually forming the attitudes of the culture and thus of the nature of its political and economic system.

You in this audience are all already involved in this great effort. I hope you will continue and intensify your commitment.


* This article was delivered as a lecture at the Mises Institute’s “The Economics of Fascism, Supporters Summit 2005.” It is copyright © 2005, by George Reisman. Permission is hereby granted to reproduce and distribute it electronically and in print, other than as part of a book. (Email notification is requested). All other rights reserved.

** George Reisman, Ph.D., is Professor of Economics (Ret.) at Pepperdine University’s Graziadio School of Business and Management in Los Angeles and is the author of Capitalism: A Treatise on Economics (Ottawa, Illinois: Jameson Books, 1996), from which parts of this article were excerpted. His web site is www.capitalism.netContact him, see his Daily Article Archive, and comment on theblog.

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