La tumba de Blas de Lezo
Por: SABAS PRETELT DE LA VEGA |

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29 de Marzo del 2013

Sabas Pretelt de la Vega

El almirante no solo tenía una pierna de palo; también su voluntad de lucha era de madera.

El almirante don Blas de Lezo nació el 3 de febrero de 1689 en Pasajes, y no solo tenía una pierna de palo; también su voluntad de lucha era de madera. En sucesivas guerras en defensa de la corona española perdió un brazo, una pierna y un ojo, pero su espíritu continuó inquebrantable hasta ganar su última y más importante batalla desde las murallas de Cartagena.
El almirante Edward Vernon se preparaba para sitiar y tomar a Cartagena. Estaba convencido de que, con esa conquista, Inglaterra podría anexar estos territorios de la Nueva Granada a los ya inmensos dominios británicos de ultramar.

La próspera ciudad era el centro del comercio con Europa. Sus habitantes guardaban las riquezas que se acumulaban durante meses, procedentes del Perú y de distintas regiones de la Nueva Granada, para luego enviarlas a España, protegidas contra piratas por la Flota de Galeones.

Al conocer las intenciones del ataque, Felipe V envió al recio almirante Blas de Lezo, quien de inmediato se dedicó a preparar a los soldados y a revisar fortificaciones y murallas de Cartagena.

Al amanecer del 13 de marzo de 1741, con horror, los vigías observaron en el horizonte que entre la niebla se acercaba para atacar a la ciudad una enorme flota inglesa con 186 barcos. Venían bajo el mando de Vernon 23.600 marinos y guerreros y 4.000 milicianos de Virginia, bajo el mando de Lawrence Washington, hermano de quien sería el primer presidente de los Estados Unidos, George Washington.

En contraste, nuestro almirante solo contaba con seis barcos y el número de sus soldados era inferior a 3.000. Blas de Lezo se creció sobre su maltrecho cuerpo, arengó a los habitantes y los alistó para la defensa. Vernon estaba tan seguro de su futura victoria en Cartagena que ya había acuñado medallas y monedas en donde aparecía Blas de Lezo de rodillas ante él.

Poco tiempo antes había llegado a la ciudad el nuevo virrey de España, don Sebastián de Eslava, quien, como máxima autoridad de gobierno, protagonizó lo que sucede aún en nuestros días: confusión y contraórdenes, motivadas por los celos con los militares y con los líderes naturales.

Don Blas escribía en su diario lo que acontecía en la sangrienta contienda, movía las tropas, cavaba trincheras, reorientaba los cañones. Defendió el fuerte San Luis, en Bocachica, y luego reagrupó sus fuerzas en el fuerte de San Felipe. Pasaron las semanas y los muertos se multiplicaban, pero de manera más abrumadora en las tropas de Vernon. Miles de hombres del atacante cayeron al frente de las murallas, y los invasores tuvieron que retirarse a sus naves, mientras Blas de Lezo, herido una vez más, dirigía la defensa, hasta que zarpó, el 20 de mayo, el último barco inglés.

Sebastián de Eslava acusó a Blas de Lezo ante el rey afirmando que el almirante tenía “ínfulas de escritor, muestras de altanería y falta de acatamiento”, porque el virrey sabía que don Blas estaba escribiendo su diario militar. Enfermo y en total indigencia -no le pagaban sus estipendios-, don Blas de Lezo murió en Cartagena el 7 de septiembre de 1741. Una injusta sanción del rey llegó mes y medio después de su fallecimiento. La posterior intervención de su hijo logró un póstumo reconocimiento del reino.

Ahora nos corresponde a nosotros rescatar su memoria y encontrar su tumba. Después de muchas lecturas y con el apoyo de historiadores, ya hemos detectado el posible lugar donde, sin ningún agradecimiento, yacen sus restos mortales. Estamos a la espera de documentos adicionales solicitados al Archivo de Sevilla para iniciar, con el respaldo de los propietarios del inmueble actual, la arqueología y excavación profesional para recordarle al mundo “el día que Cartagena derrotó a Inglaterra” y quién fue el almirante Blas de Lezo y Olavarrieta.

 SABAS PRETELT DE LA VEGA

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