Miércoles, 06 de marzo de 2013

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Editorial

La muerte de Chávez

Emilio Figueredo

El mayor riesgo después de la muerte de Chávez y del luto que ella genera para muchos es la consagración de un mito tan nefasto como lo ha sido en el pasado el personalismo que tanto daño le ha hecho a nuestra nación

Más allá del respeto por los sentimientos humanos y de la natural solidaridad con aquellos que sufren una pérdida no se puede caer en una emotividad tal que opaque la realidad de los hechos. Si bien puede ser cierto que la intención del Presidente Chávez fue la de mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos, resulta evidente que el camino que tomó para logarlo fue el equivocado ya que no sólo los problemas no se resolvieron sino que lamentablemente se agravaron.

El clientelismo basado en la dádiva pública no resuelve nada sino por el contrario crea dependencia sin aumentar la capacidad de la gente para enfrentar dignamente su futuro. Como dice la sabiduría china no me regales un pescado dame una caña y enséñame a pescar. Otro aspecto que tiene que ser debidamente ponderado, una vez que pase esta fase de honda irracionalidad emocional, es la nefasta herencia de un país polarizado en el cual la necesaria colaboración para superar la crisis se ha convertido en una tarea cada día más difícil porque la predica ha sido que sólo existen patriotas y traidores. En verdad lo único que subsiste es un país virtualmente en quiebra económica y moral y en el que prevalece la anarquía y la anomia.

El mayor riesgo después de la muerte de Chávez y del luto que ella genera para muchos es la consagración de un mito tan nefasto como lo ha sido en el pasado el personalismo que tanto daño le ha hecho a nuestra nación. Empezando por el culto a Bolívar que llegó a extremos de expurgar aquellas cartas que denotaban los por demás errores humanos de un personaje histórico.

Los países serios no viven de un pasado heroico sino de las obras que cotidianamente hacen sus ciudadanos. Los franceses no le rinden pleitesía a Napoleón, ni los norteamericanos veneran a Washington, ya los chinos se dejaron del culto a la memoria de Mao y no se diga de los rusos que de Lenin y Stalin sólo se mencionan en los libros de historia. Hasta en la propia Cuba se desvanece la imagen de Fidel.

Pretender convertir a Chávez en un ídolo cuasi religioso es una regresión a lo más primitivo de nuestra historia. Aquí no deben subsistir los beneméritos sino simplemente los hombres que con aciertos y errores forman parte de la historia de un país llamado Venezuela. Con ello no pretendo desconocer al personaje político, su legado, y mucho menos dejar de reconocer el pesar que a muchos y en particular a su familia le ha causado su partida de este mundo. Ojalá que sus sucesores entiendan su último mensaje de diciembre en el cual no sólo propuso a Maduro como su candidato sino que también marcó la pauta a seguir dentro del marco de la Constitución. No hacerlo así sería en cierta forma irrespetar su última voluntad.

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