Miércoles, 23 de enero de 2013

 
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Editorial

23 de enero, el espíritu acorralado

Ese espíritu sigue en el fondo del alma venezolana, actualmente acorralado por indiferencia, corrupción, facilismo, complicidad y aburguesamiento. No ha muerto, ni el chavismo ha sido su sustituto  porque ni lo entiende ni lo desea, pues el chavismo excluye y el espíritu del 23 de enero es esencialmente incluyente

El 23 de enero de 1958 concluyó militarmente un proceso que se formó y creció por el desgaste y errores  del equipo civil que conducía al mismo tiempo la estrategia política y la feroz represión de la dictadura del general Pérez Jiménez, y por el progresivo crecimiento de la resistencia civil clandestina encabezada por dirigentes de Acción Democrática y el Partido Comunista, principalmente, y miembros de Copei y otros sectores.

Fueron los militares, señores de las armas, quienes dejaron al régimen sin poder; fueron los medios de comunicación y las organizaciones partidistas los que fortalecieron la matriz de opinión y de convicción popular del nunca más una tiranía militar y el avance indetenible hacia la democracia. 1958 fue un año nervioso, de eventos diarios, de intensos contrastes políticos, de varios intentos militares de adueñarse del poder. Pero durante todo ese año fue formándose también lo que vino a llamarse “espíritu del 23 de enero”, que fue la real amalgama de la Venezuela nueva, que nació formalmente aquella madrugada de la fuga de Pérez Jiménez.

Espíritu que fue la voluntad de unión de todos con un objetivo común: establecer la democracia. Con ese espíritu como bandera de las mayorías, partidos, empresarios, ciudadanos de todos los niveles socioeconómicos y militares construyeron la democracia venezolana que sobrevivió los intentos castrista y comunista por un lado, y de militares trasnochados por el otro, de adueñarse del país, y se convirtió en el motor de desarrollo social, económico y cultural más formidable y eficiente de la historia nacional.

No fue el espíritu del 23 de enero el que se desgastó, fueron dirigentes y voceros con ambiciones necias los que perdieron fuelle y brújula hasta terminaron que perdieron el país y el pueblo que confiaban en ellos. Ese espíritu sigue en el fondo del alma venezolana, actualmente acorralado por indiferencia, corrupción, facilismo, complicidad y aburguesamiento. No ha muerto, ni el chavismo ha sido su sustituto  porque ni lo entiende ni lo desea, pues el chavismo excluye y el espíritu del 23 de enero es esencialmente incluyente. Sigue allí, acorralado pero vivo, esperando que estudiantes como los de 1928 y políticos y dirigentes obreros, profesionales y empresariales como los de 1958, lo rescaten.

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