Editorial

Guerra sucia

El uso desesperado de  esa manera vil de hacer política demuestra de manera fehaciente la fragilidad de la campaña del presidente saliente.  No hay ideas nuevas, el discurso se mueve solo en términos emocionales

Si algo era criticable en el pasado era precisamente el uso ocasional de la guerra sucia para intentar destruir al oponente político.  Sin embargo, y a pesar de que ese despreciable método se empleó, nunca se llegó a los extremos de hoy cuando la televisora del Estado hace uso impune de grabaciones ilegales para descalificar a los adversarios políticos del régimen, y las autoridades públicas se regodean en el lodazal.

El uso desesperado de  esa manera vil de hacer política demuestra de manera fehaciente la fragilidad de la campaña del presidente saliente. No hay ideas nuevas, el discurso se mueve solo en términos emocionales. El candidato del gobierno trata de parecerse al súper hombre de Nietzsche pero cuando se da cuenta de que eso ya no camina, apela a las lágrimas para inspirar compasión.

El país después de catorce años de improvisación catastrófica necesita que se recupere la sindéresis y se imponga un orden necesario para reconstruir a este desquiciado bochinche en el que han convertido a Venezuela.

Basta de impunidad, basta de corrupción, los venezolanos quieren y necesitan vivir en paz, no más batallas fantasiosas, no más salvadores del planeta, no más asesinatos en las calles, no más cháchara.

Cómo dijo alguna vez el presidente López Contreras, se requiere orden y progreso, pero ahora además justicia social. El 7 de octubre la decisión que se debe tomar no está centrada en personalidades sino en el tipo de futuro que los venezolanos desean. ¿Queremos paz y progreso o una guerra eterna para imponer una ideología del pasado?

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