enero 2012


Esta es otra interesante nota, de pedro San Miguel, cuando la lei me llamo la atención la s particularidades de este caballero,  creo nunca falta alguien así.

FG

 

Jack Churchill, el verdadero Rambo

de Pedro San Miguel Zatarain, el Lunes, 9 de mayo de 2011 a la(s) 7:33

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jack Malcolm Thorpe Fleming Churchill nació en Hong Kong el 16 de septiembre de 1906, hijo de padres ingleses con orígenes en la comarca de Oxford, su familia no tiene ninguna relación con Sir Wiston Churchill, aparte de tener el mismo apellido.  En 1926 se graduó como Oficial en la Real Academia Militar de Sandhurst, fue asignado a los Manchesters, un regimiento cuyos méritos militares se remontan hasta el siglo XVIII y que ha vertido su sangre por Inglaterra a todo lo ancho del mundo.

 

 

Desde el inicio de su carrera militar se destacó por su particular forma de ver y hacer las cosas.  Un día acudió a formación, bajo un torrencial aguacero, portando un paraguas, lo que es un pecado mortal en cualquier ejército del mundo, y cuando el Oficial Ejecutivo le preguntó a qué se debía que estuviera con un paraguas, Churchill con absoluto desparpajo respondió: “Porque está lloviendo, señor”.

Jack Churchill

 

 

Churchill siempre manifestó un interés y un apego por todas las costumbres escocesas, algo chocante tratándose de un inglés de pura cepa.  Prestó servicio en Burma y allí aprendió a tocar la gaita escocesa, bajo la guía del gaitero mayor de los Cameron Highlanders.

 

 

Luego de 10 años de servicio, y sin razón aparente, Jack Churchill pidió su retiro del servicio activo y se dedicó a empleos civiles bastantes dispares, periodista, modelo para anuncios, extra en películas, etc.  Se dedicó a la arquería, logrando ser un arquero excelente que representó a Inglaterra en el Campeonato Mundial de Arquería en Oslo en 1939. También siguió practicando la gaita escocesa y quedó de segundo en un concurso para Maestros Gaiteros que se celebró en Aldershot, siendo el único inglés entre 72 concursantes.

 

 

Cuando Alemania invadió a Polonia, Jack Churchill se reincorporó al servicio en su regimiento y fue enviado a luchar en Francia. Allí se hizo muy notoria su figura, por llevar consigo su “long bow”, el arco largo típico inglés, sus flechas y una espada  escocesa, conocida como la espada Claymore en su versión corta o claybeg, además de su inseparable gaita.  Allí empezaron a llamarlo el Loco Jack.

La claybeg, espada escocesa corta

 

Durante la retirada hacia Dunkerque luego del espectacular avance de las tropas alemanas, Churchill al mando de su unidad hizo feroz resistencia a los alemanes, logrando retardar su avance, por lo que fue condecorado por un General, quien le preguntó por qué llevaba una espada, Jack respondió : “En mi opinión, señor, cualquier oficial que vaya al combate sin su espada, no está correctamente uniformado”.

Se puede ver a Jack Churchill en el extremo derecho de la foto, delante de sus hombres, con la espada en la mano derecha

 

De nuevo en Inglaterra, Jack se unió a una nueva unidad que se estaba formando, los Comandos, sin saber que significaba, pero lo hizo porque sonaba peligroso.  Luego del entrenamiento, tomó el mando de la Segunda unidad de Comandos que fue enviada a Noruega, a tomar y capturar las baterías y la población del Fiordo del Norte.

 

Jack lideró el desembarco, momentos antes de tocar tierra interpretó en su gaita la Marcha de los Hombres de Cameron, y al grito de Comandos!! Se lanzó al combate, logrando su misión con un número reducido de bajas.

 

 

Entre muchas de sus hazañas, están la de haber capturado con ayuda otro de sus hombres a 42 soldados alemanes con todo su equipo, incluyendo un par de morteros.  En otra ocasión una escuadra de soldados alemanes se mantenía detrás de una pared, a cubierto el fuego de los Comandos británicos, cuando el oficial alemán vio caer a uno de sus hombres con una flecha sobresaliendo de su pecho…la cual había sido lanzada por el Loco Jack, logrando así el crédito de haber matado a un soldado enemigo, usando el arco largo.

 

Un “Long Bow” inglés, similar al que usaba Jack Churchill

 

En 1944, en Yugoslavia defendía una colina con un pequeño grupo de comandos, lucharon hasta quedarse sin municiones mientras eran batidos por los morteros alemanes, sus hombres fueron cayendo uno a uno y al final Jack fue tomado prisionero, los alemanes no lo mataron porque querían saber que era el sonido extraño que provenía de ese sitio, y no era más que Jack tocando la melodía “No regresaras de nuevo” en su gaita, la tocó hasta que una granada de mortero estalló cerca suyo y lo hirió.

 

 

Fue llevado a un campo de prisioneros de donde se escapó junto con otro oficial, luego de recorrer cerca de 240 kilómetros fue capturado y llevado a un campamento en el Tirol alemán.  De allí, volvio a escapar y  caminó 150 Kms hasta Verona, Italia donde se incorporó a una columna blindada estadounidense.  Cuando Alemania se rindió, Churchill pidió ser enviado al Pacífico donde se luchaba contra Japón, pero cuando llegó a la India, se lanzaron las bombas atómicas.  Jack Churchill se quejó amargamente diciendo: “Si no fuera por esos malditos yankees, podríamos haber seguido en guerra por otros diez años

 

 

A los 40 años de edad se convirtió en paracaidista y fue enviado a Palestina.  Luego actuó como instructor hasta que le llegó la edad de retiro en 1959.

 

 

 

Siendo civil, no dejó de cometer excentricidades.  Fue la primera persona en hacer surf en la marea entrante del rio Severn, con una tabla diseñada por el mismo.   Todos los días en la tarde dejaba atónitos a los pasajeros y a los revisores del tren donde viajaba, lanzando su maletín por la ventana.  Tiempo después confesó que el tren pasaba justamente por patio trasero de su casa y que para no cargar el maletín desde la estación, lo lanzaba desde el tren.

 

 

Jack Churchill falleció en su casa el 8 de marzo de 1996. Estuvo casado por 55 años con la misma mujer y tuvo dos hijos.

 

Una vez le envió una postal de la bandera de su regimiento a un amigo, con la siguiente frase :  “Ningún Príncipe o Señor podría tener una tumba más soberbia, que aquel a quien su bandera lo amortaja”.

 

Posiblemente lo escribió pensando en si mismo.

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Esta es otra publicación del Sr Pedro San Miguel, es uno de los capítulos mas interesantes de la historia colonial, la defensa de CARTAGENA, casi todas las capitales americanas tienen en su haber valientes defensas contra las incursiones de los filibusteros y corsarios británicos, según recuerdo Maracaibo resistió 3 intentos y finalmente en uno de ellos fue asaltada, el detalle es que fue un asalto terrestre por mar les fue imposible.

Este relato es una referencia a un injusticia histórica, este hombre debería tener en su nativa España avenidas, plazas y demás monumentos pero nada, de haber sido británico su hazaña habría opacado al mismo Lord Nelson, tendría poemas y libros, novelas quizás nunca habríamos sabido de las aventuras de Thomas Cochrane y las serie de novelas que se derivaron de sus aventuras en las costas americanas, entre ellas la adaptación de la novela Master and Commander, esas referencia no existirían sin los diarios de navegación de los marinos Británicos. 

Este es un homenaje no al medio hombre defensor de Cartagena, sino al Bravo y Valiente Marino D. Blaz de Lezo

Wikipedia cierra su referencia al respecto con estos párrafos:

Fue justo lo contrario: con sólo seis navíos, 2.830 hombres y mucha imaginación, Blas de Lezo derrotó a Vernon, que traía 180 navíos y casi 25.000 hombres, fue tal la derrota que el Rey de Inglaterra, Jorge II prohibió hablar de ella o que se escribieran crónicas alusivas al hecho, como si nunca hubiese ocurrido. Mientras en su retiro, el almirante Vernon se alejaba de la bahía con su armada destrozada le gritaba al viento una frase: «God damn you, Lezo!» (¡Que Dios te maldiga Lezo!). En respuesta escrita a Vernon, Blas de Lezo pronunció la inmortal frase:

«Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir.»

 

El Almirante "Patapalo" D. Blas de Lezo y el sitio de Cartagena de Indias

de Pedro San Miguel Zatarain, el Viernes, 6 de noviembre de 2009 a la(s) 6:27

El Almirante D. Blas de Lezo y Olavarrieta, héroe olvidado, era vasco, nació en Pasajes (Guipúzcoa). En 1701 ingresó como guardiamarina y en 1704, ya iniciada la Guerra de Sucesión española, entró en combate como tripulante de la escuadra francesa que se enfrentó a las fuerzas combinadas de Inglaterra y Holanda en batalla librada frente a Vélez Málaga y en la que perdió la pierna izquierda por una bala de cañón, mostrando en el terrible trance tal sangre fría que admiró al mismo Almirante. Su intrepidez y serenidad en el combate fue premiado con el ascenso a alférez de navío y luego a teniente de navío. Participó en la defensa del castillo de Santa Catalina en Tolón donde perdió el ojo izquierdo. Ostentó el mando de diversos convoyes que socorrían a Felipe V en Barcelona burlando la vigilancia inglesa. En uno de ellos fue rodeado por fuerzas superiores, y apurado supo salir incendiando alguno de los buques que le seguían lo que rompío el círculo que le rodeaba.

En 1713 fue ascendido a Capitán de navío, y un año más tarde fue destinado al segundo sitio de Barcelona donde perdió el brazo derecho. En esa época, y al mando de una fragata, hizo once presas a los británicos entre ellas la del emblemático Stanhope, buque bien armado y pertrechado.Terminada la Guerra de Sucesión se le confió en 1723 el buque insignia Lanfranco y el mando de la Escuadra de los Mares del Sur,. limpiando de piratas las costas del Pacífico y capturando doce navíos holandeses e ingleses.

Contrajo matrimonio en el Perú en 1725 y en 1730 regresó a España siendo ascendido a Jefe de la Escuadra Naval del Mediterráneo. Se trasladó a la Republica de Génova para exigir el pago de los 2.000.000 de pesos pertenecientes a España retenidos en el Banco de San Jorge, y que en desagravio se hiciera un saludo excepcional a la bandera española so pena de bombardear la ciudad. Ante la enérgica actitud el Senado genovés cedió de inmediato.

.En 1732 y a bordo del Santiago hizo una expedición a Orán comandando 54 buques y 30.000 hombres. Orán fue rendida pero Bay Hassan reunió de nuevo tropas y sitió la ciudad poniéndola en grave aprieto. Lezo acudio en socorro con seis navíos y 5.000 hombres logrando ahuyentar al pirata argelino tras reñida lucha. Persiguió su nave capitana de 60 cañones que se refugio en la bahía de Mostagán defendida por dos castillos y 4.000 moros. Esto no arredró a Lezo, que entró tras la nave argelina despreciando el fuego de los fuertes incendiándola y causando además gran daño a los castillos. Patrulló luego durante meses aquellos mares impidiendo que los argelinos recibieran refuerzos de Constantinopla hasta que una epidemia le forzó a regresar a Cádiz.

En 1734 el Rey premió sus servicios promoviéndolo a General de la Armada. En 1737 regresó a América con los navíos Fuerte y Conquistador y fue nombrado Comandante General de Cartagena de Indias, plaza que defendió de los embates del almirante inglés Sir Edward Vernon, página gloriosa de las armas españolas

La derrota de la Armada Inglesa en Cartagena de Indias en el siglo XVIII es un acontecimiento silenciado en la historia inglesa y desconocido para el resto del mundo, especialmente para los españoles. La Historia está hecha de muchas mentiras, silencios y exageraciones y ésta página gloriosa de la época colonial está injustamente olvidada por el saber popular español y merece la pena contribuir a su difusión.

En Octubre de 1739 Inglaterra declara a España la guerra de la oreja de Jenkins y planea tomar la ciudad donde confluyen las riquezas de las colonias españolas, Cartagena de Indias (Colombia), dominar el comercio en el Caribe y, en una operación combinada con las fuerzas del Comodoro Anson que con el navío Septrentión y dos buques menores acosaba las colonias del Pacifico Sur, aniquilar el imperio español en América.

Aunque el origen de la guerra fue la rivalidad comercial entre las dos potencias, la causa inmediata de la conflagración fue un incidente cerca de la costa de Florida cuando el capitán de un guardacostas español, Juan León Fandiño, interceptó el Rebbeca al mando de Robert Jenkins y le hizo cortar a éste una oreja; después de lo cual le liberó con este insolente mensaje: "Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve". Este suceso enardeció a la opinión pública inglesa y dio lugar a que su Gobierno, presidido por su Primer Ministro Mr. Walpole, declarara la guerra a España presionado por comerciantes de la City que apetecían la conquista de nuevos mercados.

El 13 de Marzo de 1741 apareció por "Punta Canoa", poniendo en vilo la ciudad de Cartagena, la mayor flota de guerra que jamás surcara los mares hasta el desembarco de Normandía: 2000 cañones dispuestos en 186 barcos, entre navíos de guerra, fragatas, brulotes y buques de transporte. La flota, muy superior a la Invencible de Felipe II que sólo disponía de 126 navíos, está dirigida por el almirante Sir Edward Vernon y transporta 23.600 combatientes entre marinos, soldados y esclavos negros macheteros de Jamaica. En la expedición vienen 4.000 reclutas de Virginia bajo las órdenes de Lawrence Washington, medio hermano del futuro libertador George.

Las defensas de Cartagena no pasaban, en cambio, de 3.000 hombres entre tropa regular, milicianos, 600 indios flecheros traídos del interior más la marinería y tropa de desembarco de los seis únicos navíos de guerra de los que dispone la ciudad: el Galicia que era la nave Capitana, el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador.

Este pequeño contingente está dirigido por hombres decididos a defenderse hasta morir: el Virrey Sebastián de Eslava, Teniente General de los Reales Ejércitos con larga experiencia militar, y bajo su mando, pero en el mar, el celebre General de la Armada D. Blas de Lezo, lobo de mar que ya ha participado en 22 batallas y expediciones navales perdiendo la pierna y el ojo izquierdo en Málaga y Toulon y quedándole lisiada la mano derecha en Barcelona. Seguían en la jerarquía el Mariscal de Campo D. Melchor de Navarrete, Gobernador de la ciudad, a cuyo cargo quedó la parte administrativa y el abastecimiento de víveres, y el Coronel D. Carlos Des Naux, Ingeniero militar y Director de obras de fortificación, quien actuó primero como Castellano del Castillo de San Luis de Bocachica y luego como Castellano de San Felipe de Barajas. Aunque con algunas discrepancias de criterio en materia estratégica entre Blas de Lezo y el Virrey los cuatro hombres lograron por fin unificar su acción baja la dirección de Eslava y resistir a pie firme el embate inglés

Años antes Vernon ya había merodeado dos veces Cartagena, y trazando círculos de buitre se había presentado frente a la bahía, pero Lezo lo había puesto en fuga con maestría de consumado marino. En la primera ocasión cerró el puerto con cadenas y situó sus buques en Bocachica para que los ingleses no pudieran entrar sin batirse con ellos e instaló en tierra un grueso cañón de 18 libras de su nave capitana lo que sorprendió al enemigo al contestar con artillería por un lado de la ciudad que consideraban desguarnecido. En la segunda dispuso sus naves de manera que con su fuego se encerrará a los navíos ingleses dentro del campo de tiro largo y corto, los cuales de nuevo sorprendidos abandonaron la zona.

Ahora Vernon, envalentonado tras una acción de rapiña en la mal defendida ciudad de Portobelo (Panamá), vuelve con efectivos considerables y escribe a Lezo cartas desafiantes. Éste, como buen vasco, es tozudo y quisquilloso en cuestiones de honor: ‘Hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Usted insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía…"

Vernon despliega la flota bloqueando la entrada al puerto, y tras silenciar las baterías de "Chamba", "San Felipe" y "Santiago" desembarca tropas y artillería. Es tan impresionante el despliegue de barcos en el horizonte que algunos vecinos consideran la situación perdida y procuran ponerse a salvo. Vernon ordena un cañoneo incesante que durará 16 días y noches al castillo de San Luis de Bocachica con un promedio de "62 grandes disparos por hora". El castillo está defendido por 500 hombres al mando de Coronel Des Naux. Por su parte Lezo coloca cuatro de sus navíos, el Galicia, el San Felipe, el San Carlos y el África del lado interior de la bahía y en las proximidades del Castillo para apoyarlo con sus cañones. Aunque la defensa de Bocachica fue heroica con Lezo y Des Naux peleando en primera fila los defensores han de evacuarlo ante la abrumadora superioridad enemiga. Lezo hace barrenar e incendiar sus buques para obstruir el canal navegable de Bocachica, cosa que consigue parcialmente ya que el Galicia no coge fuego a tiempo. Sin embargo, se ha logrado retrasar el avance inglés de forma considerable y ello favorecerá el desarrollo de epidemias entre los asaltantes.

Los defensores optaron por replegarse totalmente a la Fortaleza de San Felipe de Barajas, motivo por el cual ni siquiera intentaron la resistencia en el Castillo de Bocagrande. Y muy contra la voluntad de Lezo, que trató de evitarlo hasta el fin pero se vió obligado por disciplina, se hundieron los dos únicos navíos que quedaban, el Dragón y el Conquistador, con el ilusorio objeto de impedir la navegación por el canal de Bocagrande. Pero al igual que en Bocachica, el sacrificio resultó en vano pues los ingleses remolcaron el casco de uno de ellos para restablecer el paso y desembarcaron en las islas de Manga y Gracia dejando a un lado el Fuerte de Manzanillo. Hecho lo cual, un regimiento de colonos norteamericanos al mando de Lawrence Washington tomaron la colina de la Popa próxima ya a San Felipe de Barajas y que había sido abandonada por los españoles.

Vernon entró entonces triunfante en la bahía con su buque Almirante con las banderas desplegadas y el estandarte de General en Jefe escoltado por dos fragatas y un paquebote, y dando la batalla por ganada despachó un correo a Jamaica e Inglaterra con tan fausta noticia. Tras ello ordena el desembarco masivo de artillería y cañonear el Castillo de San Felipe desde mar y tierra con el fin de ablandar la resistencia final.

La defensa está formada por sólo 600 hombres bajo el mando de Lezo y Des Naux. Éste ya había resistido en Bocachica e iba a batirse de nuevo contra el empuje inglés hacia la fortaleza de San Felipe.

La defensa fue numantina y la batalla violenta. Al fin Vernon resuelve que la infantería tomará fácilmente la fortaleza pues se encuentra con daños considerables.

Al alba un macabro espectáculo de muertos, mutilados y heridos vagando como espectros aparece alrededor de San Felipe haciendo evidente la hecatombe inglesa. La salida de los españoles que cargan a bayoneta calada provoca la huida desordenada de los asaltantes que pierden cientos de hombres y todos sus pertrechos.

El bombardeó inglés prosigue desde el mar 30 días más sin un objetivo claro, pero el cólera y el escorbuto comienzan a provocar decenas de muertos que flotan en la bahía lo que hace la situación desesperada. La noche del 19 de abril se produjo un asalto a San Felipe que se juzgaba definitivo, llevado a cargo por tres columnas de granaderos apoyados por los jamaicanos y varias compañías británicas, convenientemente ayudados por la oscuridad y el constante bombardeo procedente de los buques. Al llegar se encontraron con que Blas de Lezo había hecho excavar fosos al pie de las murallas por lo que las escalas eran demasiado cortas, de tal manera que no podían atacar ni huir debido al peso del equipo. Aprovechando esto, los españoles abrieron fuego contra los británicos, produciéndose una carnicería sin precedentes. Al amanecer, los defensores abandonaron sus posiciones y cargaron contra los asaltantes a la bayoneta, masacrando a la mayoría y haciendo huir a los que quedaban hacia los barcos.

Vernon, altivo y malgeniado, recrimina al parsimonioso General Wentworth, Jefe Supremo de las tropas de desembarco, por el ignominioso fracaso y las desavenencias llegan a un punto insostenible. Al fin el Alto Mando inglés ordena la retirada, lo que se realiza de forma lenta y sin cesar de cañonear la ciudad hasta que "no quedó ninguna vela inglesa". Los últimos veleros parten el 20 de Mayo, pero los ingleses han de incendiar cinco de ellos por falta de tripulación. En el regreso a Jamaica hunden otro y cada barco parece un hospital.

Mientras en Inglaterra se supone como cierta la victoria con arrogancia y orgullosa satisfacción. Aún se desconoce el infausto final y se acuñan medallas conmemorativas mostrando a Lezo arrodillado ante Vernon entregándole la espada con la inscripción "el orgullo español humillado por Vernon". En ellas el vencido aparece con dos piernas, dos ojos y dos brazos para obviar que es un hombre lisiado. En el reverso había seis navíos y un puerto, y alrededor la inscripción: quien tomo Portobelo con solo seis navíos, Noviembre de 1739. Éstas medallas, de las que se conservan algunas todavía, fueron motivo de burla durante mucho tiempo por parte de los enemigos de Inglaterra, "debiendo ser en sus autores tanta mayor la vergüenza cuanto fue mayor su ligereza y arrogancia".

La moneda acuñada por Inglaterra en la que se muestra a Lezo rindiendo la espada ante Vernon. Jajajaja!

Semanas después Lezo malherido y extenuado por la batalla se hunde en las tinieblas del olvido. Sus últimos momentos se enmarcan dentro de la ingratitud y la amnesia de un camastro en algún hospital de Cartagena. Su cuerpo cercenado se deposita sin honores y se ignora donde esta enterrado.

Vernon, sabedor de la muerte de Lezo, rondó de nuevo Cartagena en 1742 con 56 navíos, pero sus espías le informaron de la reparación de las defensas y de la presencia del Virrey Eslava en la ciudad por lo que no se decidió a atacar y partió a enfrentarse al juicio de la historia. Murió en 1757 repudiado y olvidado por su pueblo, y el rey Jorge II prohibió toda publicación sobre el asalto a Cartagena que quedó así sepultado en la historia. Inglaterra no volvió a amenazar seriamente al Imperio español que subsistió un siglo más. España, en cambio, contribuyó años más tarde al desmoronamiento de las colonias inglesas en América, hecho que también ha tratado de silenciarse.  Poco después de ello los ingleses promoverían la figura de Nelson para elevar la moral y el patriotismo ante la amenaza napoleónica.

El asalto a Cartagena de Indias pasó así a ser un anecdótico episodio de "mala suerte" debido a "enfermedades tropicales mal conocidas". El propio Nelson fue en cierto modo víctima de esta conspiración de silencio. Poco después de afirmar que los "Dons" sabían hacer barcos pero no pelear tuvo que retirarse humillado y sin su brazo derecho tras el intento de captura de Tenerife (Julio de 1797), cosa que también daba por hecha, y entregar su vida en Trafalgar ante los "Dons" que pelearon de forma valiente bajo un inepto mando francés.

La estatua de Blas de Lezo señalando por donde se acercaba Vernon, detrás el fuerte o de San Felipe.

Es muy lamentable que la historia, sobre todo la de España no haya exaltado la figura de Lezo y de otros héroes como Cosme Damián Churruca, quienes demostraron un valor y unas cualidades de marinos, líderes y hombres extraordinarios.

Se ha dejado que otras figuras como por ejemplo, Horacio Nelson, hayan ocupado un sitial de honor en la historia naval universal, cuando sus méritos no son superiores a las de los olvidados.

¿Será esa la característica que se ha desarrollado en nuestras tierras? No hay profeta en tierra propia.

 

Por Oswaldo Álvarez Paz

Llegó el año decisivo para todos. Para el país, para el gobierno y la oposición, para cada familia y para cada persona en particular. El 12-F será el primer gran paso hacia la victoria de octubre próximo. Dependerá en mucho de que aprovechemos al máximo la coyuntura actual, nada fácil, del acierto en elegir el candidato más adecuado para enfrentar y derrotar a un hombre agotado y de la capacidad de la alternativa democrática en despertar una fresca esperanza que permita visualizar un mejor futuro desde el presente.

Sin desmerecer a los aspirantes, apoyaremos a Pablo Pérez. Hay razones personales y de raíces geográficas comunes que siendo importantes para mí, no son determinantes. Trataré de hacer una apretada síntesis de algunas de las que sí lo son. Pablo ha apoyado decididamente las iniciativas originales de COPEI en cuanto a la tarjeta única y a la no reelección. Lo
de la tarjeta refleja vocación unitaria. Invitación a los partidos y grupos de electores a que aporten símbolos y banderas a la causa de la unidad simbolizada en ella. Lo segundo no necesita de mucha explicación.

Basta con repasar la historia para captar el daño que las reelecciones le han hecho al país. Chávez ha sido la “tapa del frasco”, ya en el año 14 como Presidente tragicómico, con pretensiones de seis más por lo menos.

Invitamos a todos los aspirantes a pronunciarse.

Pronto se conocerán los planes de seguridad de las personas y de los bienes. También lo referente a la seguridad jurídica indispensable para que pueda funcionar cualquier programa público o privado. Se trata de la gobernabilidad posible para que la Constitución reine y la democracia pueda concretarse. Algunos plantean como imposible gobernar con los
poderes públicos en contra, manipulados por un expresidentes amargado que los controlaría. Se prepara la Enmienda N° 2 para despejar estas inquietudes, sin descartar el uso de los recursos que la actual Constitución ofrece para enfrentar cualquier situación excepcional, de emergencia. El problema será para quienes se aparten de sus obligaciones constitucionales, no para quien, desde la presidencia gobernará con coraje, sentido común y respeto a la Ley suprema. A lo largo de la campaña profundizaremos sobre la libertad para informar y opinar, para trabajar y producir. De la libertad económica y el apoyo al sector privado para la reconstrucción del aparato productivo. También de la globalización y la política exterior radicalmente contraria a los disparates antinacionales de hoy.

Pablo impulsará la descentralización y el desmontaje del presidencialismo que nos ahoga, la autonomía de los estados y la municipalización de la vida pública. Más adelante profundizaremos sobre estos y otros temas. Pero, desde ahora una promesa formal. Los presos políticos serán liberados y los exilados podrán regresar. Los caminos han sido evaluados. Todo está listo para el reencuentro con la libertad y la justicia.

oalvarezpaz@gmail.com Lunes, 9 de enero de 2012

The East India Company

The Company that ruled the waves

As state-backed firms once again become forces in global business, we ask what they can learn from the greatest of them all

Dec 17th 2011 | from the print edition

A POPULAR parlour game among historians is debating when the modern world began. Was it when Johannes Gutenberg invented the printing press, in 1440? Or when Christopher Columbus discovered America, in 1492? Or when Martin Luther published his 95 theses, in 1517? All popular choices. But there is a strong case to be made for a less conventional answer: the modern world began on a freezing New Year’s Eve, in 1600, when Elizabeth I granted a company of 218 merchants a monopoly of trade to the east of the Cape of Good Hope.

The East India Company foreshadowed the modern world in all sorts of striking ways. It was one of the first companies to offer limited liability to its shareholders. It laid the foundations of the British empire. It spawned Company Man. And—particularly relevant at the moment—it was the first state-backed company to make its mark on the world.

Twenty years ago, as the state abandoned the commanding heights of the economy in the name of privatisation and deregulation, it looked as if these public-private hybrids were doomed. Today they are flourishing in the emerging world’s dynamic economies and striding out onto the global stage.State-controlled companies account for 80% of the market capitalisation of the Chinese stockmarket, more than 60% of Russia’s, and 35% of Brazil’s. They make up 19 of the world’s 100 biggest multinational companies and 28 of the top 100 among emerging markets. World-class state companies can be found in almost every industry. China Mobile serves 600m customers. Saudi Arabia’s SABIC is one of the world’s most profitable chemical companies. Emirates airlines is growing at 20% a year. Thirteen of the world’s biggest oil companies are state-controlled. So is the world’s biggest natural-gas company, Gazprom.

State-owned companies will continue to thrive. The emerging markets that they prosper in are expected to grow at 5.5% a year compared with the rich world’s 1.6%, and the model is increasingly popular. The Chinese and Russian governments are leading a fashion for using the state’s power to produce national champions in a growing range of “strategic” industries.

The parallels between the East India Company and today’s state-owned firms are not exact, to be sure. The East India Company controlled a standing army of some 200,000 men, more than most European states. None of today’s state-owned companies has yet gone this far, though the China National Offshore Oil Corporation (CNOOC) has employed former People’s Liberation Army troops to protect oil wells in Sudan. The British government did not own shares in the Company (though prominent courtiers and politicians certainly did). Today’s state-capitalist governments hold huge blocks of shares in their favourite companies.

Otherwise the similarities are striking. Both the Company and its modern descendants serve two masters, keeping one eye on their share price and the other on their political patrons. Many of today’s state-owned companies are monopolies or quasi-monopolies: Brazil’s Petrobras, China Mobile, China State Construction Engineering Corporation and Mexico’s Federal Electricity Commission, to name but a few of the mongrel giants that bestride the business world these days. Many are enthusiastic globalisers, venturing abroad partly as moneymaking organisations and partly as quasi-official agents of their home governments. Many are keen not only on getting their government to provide them with soft loans and diplomatic muscle but also on building infrastructure—roads, hospitals and schools—in return for guaranteed access to raw materials. Although the East India Company flourished a very long time ago, in a very different world, its growth, longevity and demise have lessons for those who run today’s state companies and debate their future, lessons about the benefits of linking a company’s interests to a nation’s and the dangers of doing so.

The gifts of government

One of the benefits the Company derived from its relations with the state was limited liability. Before the rise of state-backed companies, businesses had imposed unlimited liability on their investors. If things went wrong, creditors could come after them for everything they possessed, down to their cufflinks, and have them imprisoned if they failed to pay. Some firms had already been granted limited liability, and the Company’s officers persuaded Queen Elizabeth that it should be given this handy status too.

A second benefit of state backing was monopoly. In the 17th century, round-the-world voyages were rather like space missions today. They involved huge upfront costs and huge risks. Monopoly provided at least a modicum of security. The third benefit was military might. The Company’s Dutch and Portuguese competitors could all call on the power of their respective navies. The English needed to do likewise in order to unlock investors’ purses.

Still, getting into bed with the government was risky for the Company. It meant getting close to courtiers who wanted to extract revenue from it and exposing itself to politicians who wanted to rewrite its charter. The Whig revolutionaries who deposed James II in 1688 briefly promoted a competing outfit that the Company first fought and eventually absorbed. Rival merchants lobbied courtiers to undermine its monopoly. But for the most part it dealt with these political problems brilliantly. Indeed its most valuable skill—its “core competence” in the phrase beloved of management theorists—was less its ability to arrange long-distance voyages to India and beyond than its ability to manage the politicians back home.

The Company created a powerful East India lobby in Parliament, a caucus of MPs who had either directly or indirectly profited from its business and who constituted, in Edmund Burke’s opinion, one of the most united and formidable forces in British politics. It also made regular gifts to the Court: “All who could help or hurt at Court,” wrote Lord Macaulay, “ministers, mistresses, priests, were kept in good humour by presents of shawls and silks, birds’ nests and attar of roses, bulses of diamonds and bags of guineas.” It also made timely gifts to the Treasury whenever the state faced bankruptcy. In short, it acted as what George Dempster, a stockholder, called a “great money engine of state”.

The Company was just as adept at playing politics abroad. It distributed bribes liberally: the merchants offered to provide an English virgin for the Sultan of Achin’s harem, for example, before James I intervened. And where it could not bribe it bullied, using soldiers paid for by Indian taxes to duff up recalcitrant rulers. Yet it recognised that its most powerful bargaining chip, both home and abroad, was its ability to provide temporarily embarrassed rulers with the money they needed to pay their bills. In an era when governments lacked the resources of the modern tax-and-spend state, the state-backed company was a backstop against bankruptcy.

State-backed monopolies are apt to run to fat and lose their animal spirits. The Company was a model of economy and austerity that modern managers would do well to emulate. For the first 20 years of its life it operated out of the home of its governor, Sir Thomas Smythe. Even when it had become the world’s greatest commercial operation it remained remarkably lean. It ruled millions of people from a tiny headquarters, staffed by 159 in 1785 and 241 in 1813. Its managers reiterated the importance of frugality, economy and simplicity with a metronomic frequency, and imposed periodic bouts of austerity: in 1816, for example, they turned Saturday from a half to a full working day and abolished the staff’s annual turtle feast.

The Company’s success in preserving its animal spirits owed more to necessity than to cunning. In a world in which letters could take two years to travel to and fro and in which the minions knew infinitely more about what was going on than did their masters, efforts at micromanagement were largely futile.

Adam Smith denounced the Company as a bloodstained monopoly: “burdensome”, “useless” and responsible for grotesque massacres in Bengal

The Company improvised a version of what Tom Peters, a management guru, has dubbed “tight-loose management”. It forced its employees to post a large bond in case they went off the rails, and bombarded them with detailed instructions about things like the precise stiffness of packaging. But it also leavened control with freedom. Employees were allowed not only to choose how to fulfil their orders, but also to trade on their own account. This ensured that the Company was not one but two organisations: a hierarchy with its centre of gravity in London and a franchise of independent entrepreneurs with innumerable centres of gravity scattered across the east. Many Company men did extremely well out of this “tight-loose” arrangement, turning themselves into nabobs, as the new rich of the era were called, and scattering McMansions across rural England.

Money and meritocracy

The Company repaid the state not just in taxes and tariffs, but also in ideas. It was one of the 18th and 19th centuries’ great innovators in the art of governing—more innovative by some way than the British government, not to mention its continental rivals, and outgunned only by the former colonies of America. The Company pioneered the art of government by writing and government by record, to paraphrase Burke. Its dispatches to and from India for the 15 years after 1814 fill 12,414 leather-bound volumes. It created Britain’s largest cadre of civil servants, a term it invented.

State-backed enterprises risk getting stuffed with powerful politicians’ half-witted nephews. The Company not only avoided this but also, in an age when power and money were both largely inherited, it pioneered appointment by merit. It offered positions to all-comers on the basis of exam performance. It recruited some of the country’s leading intellectuals, such as Edward Strachey, Thomas Love Peacock and both James and John Stuart Mill—the latter starting, at the age of 17, in the department that corresponded with the central administration in India, and rising, as his father had, to head it, on the eve of the Company’s extinction.

The Company also established a feeder college—Haileybury—so that it could recruit bright schoolboys and train them to flourish in, and run, India. These high-minded civil servants both prolonged the Company’s life when Victorian opinion was turning ever more strongly against it and also provided a model for the Indian and domestic civil service.

The Company liked to think of itself as having the best of both private and public worlds—the excitement and rewards of commercial life, on the one hand, and the dignity and security of an arm of the state on the other. But the best of both worlds can easily turn into the worst.

The perils of imperialisation

In the end, it was not rapacious politicians who killed the Company, but the greed and power of its managers and shareholders. In 1757 Sir Robert Clive won the battle of Plassey and delivered the government of Bengal to the Company. This produced a guaranteed income from Bengal’s taxpayers, but it also dragged the Company ever deeper into the business of government. The Company continued to flourish as a commercial enterprise in China and the Far East. But its overall character was increasingly determined by its administrative obligations in India. Revenue replaced commerce as the Company’s first concern. Tax rolls replaced business ledgers. Arsenals replaced warehouses. C.N. Parkinson summarised how far it had strayed, by 1800, from its commercial purpose: “How was the East India Company controlled? By the government. What was its object? To collect taxes. How was its object attained? By means of a standing army. What were its employees? Soldiers, mostly; the rest, Civil Servants.”

Sir Robert Clive with wife, daughter and local help

The Company’s growing involvement in politics infuriated its mighty army of critics still further. How could it justify having a monopoly of trade as well as the right to tax the citizens of India? And how could a commercial organisation justify ruling 90m Indians, controlling 70m acres (243,000 square kilometres) of land, issuing its own coins, complete with the Company crest, and supporting an army of 200,000 men, all of which the East India Company did by 1800? Adam Smith denounced the Company as a bloodstained monopoly: “burdensome”, “useless” and responsible for grotesque massacres in Bengal. Anti-Company opinion hardened further in 1770 when a famine wiped out a third of the population of Bengal, reducing local productivity, depressing the Company’s business and eventually forcing it to go cap in hand to the British government to avoid bankruptcy.

The government subjected the Company to ever-tighter supervision, partly because it resented bailing it out, partly because it was troubled by the argument that a company had no business in running a continent. Supervision inexorably led to regulation and regulation to nationalisation (or imperialisation). In 1784 the government established a board to direct the Company’s directors. In 1813 it removed its monopoly of trade with India. In 1833 it removed its monopoly of trade with China and banned it from trading in India entirely. In 1858, the year after the Indian mutiny vindicated the Company’s critics, the government took over all administrative duties in India. The Company’s headquarters in London, East India House, was demolished in 1862. It paid its last dividend in 1873 and was finally put out of its misery in 1874. Thus an organisation that had been given life by the state was eventually extinguished by it.

A dangerous connection

Ever since its ignominious collapse the Company has been treated as an historical curiosity—an “anomaly without a parallel in the history of the world”, as one commentator put it in 1858, a push-me pull-you the like of which the world would never see again. But these days similarly strange creatures are popping up everywhere. The East India Company is being transformed from an historical curiosity into a highly relevant case study.

The Company’s history shows that liberals may be far too pessimistic (if that is the right word) about the ability of state monopolies to remain healthy. The Company lasted for far longer than most private companies precisely because it had two patrons to choose from—prospering from trade in good times and turning to the government for help in bad ones. It also showed that it is quite possible to rely on the government for support while at the same time remaining relatively lean and inventive.

But the Company’s history also shows that mercantilists may be far too optimistic about state companies’ ability to avoid being corrupted by politics. The merchants who ran the East India Company repeatedly emphasised that they had no intention of ruling India. They were men of business who only dabbled in politics out of necessity. Nevertheless, as rival state companies tried to muscle in on their business and local princelings turned out to be either incompetent or recalcitrant, they ended up taking huge swathes of the emerging world under their direct control, all in the name of commerce.

The Chinese state-owned companies that are causing such a stir everywhere from the Hong Kong Stock Exchange (where they account for some of the biggest recent flotations) to the dodgiest parts of Sudan (where they are some of the few business organisations brave enough to tread) are no different from their East Indian forebears. They say that they are only in business for the sake of business. They dismiss their political connections as a mere bagatelle. The history of the East India Company suggests that it won’t work out that way.

from the print edition | Christmas Specials

DESDE EL PUENTE
Oswaldo Álvarez Paz

AÑO NUEVO SIN MARUJITA
Esta nota normalmente estaría dedicada a hacer algún ejercicio para visualizar el complicado año que se inicia, repleto de esperanzas y posibilidades infinitas de ponerle punto final a la tragicomedia que sufrimos los venezolanos. Pero, sería ingenuo no visualizar los peligros y graves riesgos que pudieran obligarnos a asumir la confrontación que se avecina en los términos que asoma sin pudor el régimen. El vende patria no mejora. Empuja al país hacia peor sin escrúpulos políticos, ni éticos.
Habrá tiempo para profundizar en el análisis. Hoy escribimos con el corazón en la mano y con una mezcla extraña de tristeza y de alegría infinita. El último día de 2011 dejó de existir, a los 90 años de edad, Marujita. Doña Maruja Roncajolo de Espinosa era la mamá de mi esposa Cuchy, es decir, mi suegra, madre de cuatro hijos más, de un montón de nietos y ayer concluíamos en que llegó a tener cuarenta bisnietos. Junto a su esposo, el doctor Tulio Espinosa Unda ya fallecido, supieron levantar una admirable y respetada familia a la que tengo el honor de pertenecer desde hace bastante más de cuarenta años y de haberle aportado, junto a Cuchy, seis hijos y doce nietos hasta ahora. Todos podrán comprender la magnitud del sentimiento que nos embarga. La tristeza por su partida y la alegre certeza de saberla junto a Papá Tulio, como cariñosamente le decíamos, transitando por los caminos del Cielo luego de ser recibida por el Señor de las Alturas.
No es mi intención ponernos como ejemplo familiar, tanto desde la vinculación sanguínea directa como por la vía de afinidad producto del matrimonio. Pero gracias a Dios y a las cabezas visibles de las nuestras, la vida nos ha enseñado el valor y la importancia de la familia. El enorme significado que tiene para el fortalecimiento integral de la sociedad y el perfeccionamiento de una nación que lo reclama con urgencia. La familia tiene que ser el objeto de toda acción pública sana y respetable, también el sujeto activo y protagónico de cuanto hay que hacer en materia de formación para el trabajo y para la independencia.
El anhelo mayor de cualquier persona responsable es vivir en un país que le garantice seguridad ante la vida. Esto trasciende la seguridad física y de los bienes, aunque también lo incluye. Se trata de tener la certeza de que con el esfuerzo personal podrá levantar una familia, educar a los hijos, vestirlos, curarlos si se enferman, garantizarles un techo digno y, en fin, abrirles más oportunidades que las logradas por nosotros. Es la mejor manera de medir el desarrollo de cualquier nación. Esa riqueza es superior al petróleo, a las barras de oro de las reservas o a los dólares que malversan impunemente gobiernos irresponsables.
Luchar por la consolidación del núcleo familiar, más allá de los factores económicos y sociales que siempre existirán, es la mejor manera de garantizar la dignidad humana, la perfectibilidad de la sociedad civil y la justicia social como instrumento para alcanzar el bien común. Gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo Marujita.
oalvarezpaz@gmail.com  Lunes, 2 de enero de 2012